martes, 3 de junio de 2014

La metamorfosis, de Franz Kafka, a 90 años de su muerte

Franz Kafka (origen de la imagen)

 A la memoria de Maye

Este 3 de junio se cumplen 90 años de la muerte del escritor. Nació en Praga, capital de la actual República Checa, cuando era parte del imperio Austro-húngaro, el 3 de julio de 1883 y murió en Kierling, Austria en 1924, país en donde recibiría tratamiento contra la tuberculosis, enfermedad que le causó la muerte.

Además de rendir un humilde homenaje a Kafka repasando brevemente su obra más conocida, La metamorfosis, deseo compartir la inquietud que en días recientes mi hermana Ma. Elena sentía al recordar la novela leída muchos años atrás. Por más que se preguntaba no encontraba respuesta a la transformación del personaje en un insecto. Tal vez, me decía, todos en un momento dado nos convertimos en un bicho cuando sentimos que no encontramos solución a nuestros problemas. Sin duda, le contestaba. A veces no nos vemos como insectos propiamente dichos pero sí deseamos que la tierra nos trague. Tras esa conversación y su obsesión por Samsa le propuse releer la obra maestra del atormentado escritor y comentarla, pero por el momento deberíamos pensar en algo optimista.

Ya no tuvimos tiempo de hacerlo juntas.

La transformación de Gregorio Samsa en un monstruoso insecto -el autor nunca dice que se trate de un escarabajo o una cucaracha, como se le representa por la descripción que hace- después de una noche de sueño intranquilo podría ser la consecuencia "natural" para un ser atormentado por las presiones domésticas, económicas, laborales y sociales que enfrentaba cotidianamente. Gregorio Samsa era comerciante viajero. Sobre sus espaldas llevaba el peso no sólo de la manutención de su familia, compuesta por un padre autoritario y holgazán; su madre, sumisa y su hermana adolescente, una hermosa joven de 17 años, quien según su hermano era una promesa en el mundo de la música y por ello deseaba tener el dinero suficiente para que estudiara en el conservatorio.

Metamorfoseado, Samsa reflexionaba en la profesión que ejercía, profesión por cierto, no elegida sino practicada debido a que su padre estaba en deuda con el dueño del almacén y para cubrirla Gregorio tenía que someterse a las condiciones inhumanas de un viajero que debe cumplir con su cuota de ventas, tener presentes horarios y rutas de los trenes, comer mal y a deshoras, no tener tiempo para establecer relaciones significativas y duraderas y regresar a casa y encontrarse con un ambiente de indiferencia a sus atribulaciones y sueños. Además, si Gregorio no cumplía con sus obligaciones puntualmente no sólo la familia entera lo atosigaba para que no perdiera el tren, para que no faltara al trabajo, sino que un apoderado del almacén se presentaba en su casa para reclamar la falta de cumplimiento, como ocurrió justamente la mañana en que Gregorio se transformó en insecto y luchaba por salir de la cama, aterrorizado ante el terrible espectáculo que ofrecían las patitas que bailaban frente a él y sobre la panza abombada y parduzca.

¿La transformación fue física o metafórica? Si se opta por la segunda resulta difícil comprender la reacción de quienes veían en el bicho que se había apoderado de la habitación de Gregorio al mismo Gregorio. La repulsión sentida por el apoderado de la empresa ante la visión del insecto que había logrado abrir la puerta o de la sirvienta que trabajaba con la familia y decidió renunciar. Los cuidados que le prodigó la hermana, la única que podía entrar al cuarto de Gregorio para ordenarlo y para dejarle alimentos adecuados a su nueva condición: un queso que a Gregorio le parecía asqueroso al insecto le pareció un manjar, sobras de salsas y otros alimentos no frescos, como la leche, que era la bebida favorita del chico, ahora eran repugnantes para el bicho.

La novela se lee de una sentada, pero provoca reflexiones que nos acompañan por siempre, porque siempre estaremos en contacto directa o indirectamente con la falta de trabajo o la explotación laboral a cambio de migajas y malos tratos, con injusticias de todo tipo; con los tratos de gobiernos que sólo ven por el beneficio de los dueños del capital y comprometen la vida de generaciones enteras para satisfacer su avaricia y sed de poder; con afectos no correspondidos; con la imposibilidad de ser respetados por lo que se decidió ser y hacer; por los sacrificios hechos y la falta de reconocimiento y agradecimiento.
Si no tuviera que dominarme por mis padres, ya me habría despedido hace tiempo, me habría presentado ante el jefe y le habría dicho mi opinión con toda mi alma. ¡Se habría caído de la mesa! Sí que es una extraña costumbre la de sentarse sobre la mesa y, desde esa altura, hablar hacia abajo con el empleado que, además, por culpa de la sordera del jefe, tiene que acercarse mucho. Bueno, la esperanza todavía no está perdida del todo; si alguna vez tengo el dinero suficiente para pagar las deudas que mis padres tienen con él -puedo tardar todavía entre cinco y seis años- lo hago con toda seguridad. Entonces habrá llegado el gran momento; ahora, por lo pronto, tengo que levantarme porque el tren sale a las cinco», y miró hacia el despertador que hacía tic tac sobre el armario.
La lectura que hagamos de La metamorfosis, como de todas las grandes obras, provocará diferentes reacciones y reflexiones según la motivación y momento en que la hagamos. Me quedo con la enorme tristeza del destino de Gregorio Samsa, por su enorme e incondicional capacidad de sacrificio; por la falta de comunicación, respeto y amor entre los miembros de la familia cuando Gregorio los mantenía; por el temor que inspiraba el padre y las condiciones sociales en las que se desarrolla la historia, que no distan mucho de las actuales.



miércoles, 23 de abril de 2014

Discurso de Elena Poniatowska, Premio Cervantes 2014

Elena Poniatowska luce un traje que le obsequiaron mujeres de Juchitán 
“Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, Señor Presidente de la Comunidad de Madrid, Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señores y señoras.
Soy la cuarta mujer en recibir el Premio Cervantes, creado en 1976. (Los hombres son treinta y cinco.) María Zambrano fue la primera y los mexicanos la consideramos nuestra porque debido a la Guerra Civil Española vivió en México y enseñó en la Universidad Nicolaíta en Morelia, Michoacán.

Simone Weil, la filósofa francesa, escribió que echar raíces es quizá la necesidad más apremiante del alma humana. En María Zambrano, el exilio fue una herida sin cura, pero ella fue una exiliada de todo menos de su escritura.

La más joven de todas las poetas de América Latina en la primera mitad del siglo XX, la cubana Dulce María Loynaz, segunda en recibir el Cervantes, fue amiga de García Lorca y hospedó en su finca de La Habana a Gabriela Mistral y a Juan Ramón Jiménez. Años más tarde, cuando le sugirieron que abandonara la Cuba revolucionaria respondió que cómo iba a marcharse si Cuba era invención de su familia.

A Ana María Matute, la conocí en El Escorial en 2003. Hermosa y descreída, sentí afinidad con su obsesión por la infancia y su imaginario riquísimo y feroz.

María, Dulce María y Ana María, las tres Marías, zarandeadas por sus circunstancias, no tuvieron santo a quién encomendarse y sin embargo, hoy por hoy, son las mujeres de Cervantes, al igual que Dulcinea del Toboso, Luscinda, Zoraida y Constanza. A diferencia de ellas, muchos dioses me han protegido porque en México hay un dios bajo cada piedra, un dios para la lluvia, otro para la fertilidad, otro para la muerte. Contamos con un dios para cada cosa y no con uno solo que de tan ocupado puede equivocarse.

Del otro lado del océano, en el siglo XVII la monja jerónima Sor Juana Inés de la Cruz supo desde el primer momento que la única batalla que vale la pena es la del conocimiento. Con mucha razón José Emilio Pacheco la definió: “Sor Juana/ es la llama trémula/ en la noche de piedra del virreinato”.

Su respuesta a Sor Filotea de la Cruz es una defensa liberadora, el primer alegato de una intelectual sobre quien se ejerce la censura. En la literatura no existe otra mujer que al observar el eclipse lunar del 22 de diciembre de 1684 haya ensayado una explicación del origen del universo. Ella lo hizo en los 975 versos de su poema Primero sueño. Dante tuvo la mano de Virgilio para bajar al infierno, pero nuestra Sor Juana descendió sola y al igual que Galileo y Giordano Bruno fue castigada por amar la ciencia y reprendida por prelados que le eran harto inferiores.

Sor Juana contaba con telescopios, astrolabios y compases para su búsqueda científica. También dentro de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Jesusa Palancares, la protagonista de mi novela-testimonio “Hasta no verte Jesús mío”, no tuvo más que su intuición para asomarse por la única apertura de su vivienda a observar el cielo nocturno como una gracia sin precio y sin explicación posible. Jesusa vivía a la orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado en su ventana era un milagro que intentaba descifrar. Quería comprender por qué había venido a la Tierra, para qué era todo eso que la rodeaba y cuál podría ser el sentido último de lo que veía. Al creer en la reencarnación estaba segura de que muchos años antes había nacido como un hombre malo que desgració a muchas mujeres y ahora tenía que pagar sus culpas entre abrojos y espinas.

Mi madre nunca supo qué país me había regalado cuando llegamos a México, en 1942, en el Marqués de Comillas, el barco con el que Gilberto Bosques salvó la vida de tantos republicanos que se refugiaron en México durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Mi familia siempre fue de pasajeros en tren: italianos que terminan en Polonia, mexicanos que viven en Francia, norteamericanas que se mudan a Europa. Mi hermana Kitzia y yo fuimos niñas francesas con un apellido polaco. Llegamos “a la inmensa vida de México” -como diría José Emilio Pacheco-, al pueblo del sol. Desde entonces vivimos transfiguradas y nos envuelve entre otras encantaciones, la ilusión de convertir fondas en castillos con rejas doradas.

Las certezas de Francia y su afán por tener siempre la razón palidecieron al lado de la humildad de los mexicanos más pobres. Descalzos, caminaban bajo su sombrero o su rebozo. Se escondían para que no se les viera la vergüenza en los ojos. Al servicio de los blancos, sus voces eran dulces y cantaban al preguntar: “¿No le molestaría enseñarme cómo quiere que le sirva?”

Aprendí el español en la calle, con los gritos de los pregoneros y con unas rondas que siempre se referían a la muerte. “Naranja dulce,/ limón celeste,/ dile a María/ que no se acueste./ María, María/ ya se acostó,/ vino la muerte/y se la llevó”. O esta que es aún más aterradora: “Cuchito, cuchito/ mató a su mujer/ con un cuchillito/ del tamaño de él./ Le sacó las tripas/ y las fue a vender./ -¡Mercarán tripitas/ de mala mujer!”

Todavía hoy se mercan las tripas femeninas. El pasado 13 de abril, dos mujeres fueron asesinadas de varios tiros en la cabeza en Ciudad Juárez, una de 15 años y otra de 20, embarazada. El cuerpo de la primera fue encontrado en un basurero.

Recuerdo mi asombro cuando oí por primera vez la palabra “gracias” y pensé que su sonido era más profundo que el “merci” francés. También me intrigó ver en un mapa de México varios espacios pintados de amarillo marcados con el letrero: “Zona por descubrir”. En Francia, los jardines son un pañuelo, todo está cultivado y al alcance de la mano. Este enorme país temible y secreto llamado México, en el que Francia cabía tres veces, se extendía moreno y descalzo frente a mi hermana y a mí y nos desafiaba: “Descúbranme”. El idioma era la llave para entrar al mundo indio, el mismo mundo del que habló Octavio Paz, aquí en Alcalá de Henares en 1981, cuando dijo que sin el mundo indio no seríamos lo que somos.

¿Cómo iba yo a transitar de la palabra París a la palabra Parangaricutirimicuaro? Me gustó poder pronunciar Xochitlquetzal, Nezahualcóyotl o Cuauhtémoc y me pregunté si los conquistadores se habían dado cuenta quiénes eran sus conquistados.

Quienes me dieron la llave para abrir a México fueron los mexicanos que andan en la calle. Desde 1953, aparecieron en la ciudad muchos personajes de a pie semejantes a los que don Quijote y su fiel escudero encuentran en su camino, un barbero, un cuidador de cabras, Maritornes la ventera. Antes, en México, el cartero traía uniforme cepillado y gorra azul y ahora ya ni se anuncia con su silbato, solo avienta bajo la puerta la correspondencia que saca de su desvencijada mochila. Antes también el afilador de cuchillos aparecía empujando su gran piedra montada en un carrito producto del ingenio popular, sin beca del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, y la iba mojando con el agua de una cubeta. Al hacerla girar, el cuchillo sacaba chispas y partía en el aire los cabellos en dos; los cabellos de la ciudad que en realidad no es sino su mujer a la que le afila las uñas, le cepilla los dientes, le pule las mejillas, la contempla dormir y cuando la ve vieja y ajada le hace el gran favor de encajarle un cuchillo largo y afilado en su espalda de mujer confiada. Entonces la ciudad llora quedito, pero ningún llanto más sobrecogedor que el lamento del vendedor de camotes que dejó un rayón en el alma de los niños mexicanos porque el sonido de sus carritos se parece al silbato del tren que detiene el tiempo y hace que los que abren surcos en la milpa levanten la cabeza y dejen el azadón y la pala para señalarle a su hijo: “Mira el tren, está pasando el tren, allá va el tren; algún día, tú viajarás en tren”.

Tina Modotti llegó de Italia pero bien podría considerarse la primera fotógrafa mexicana moderna. En 1936, en España cambió de profesión y acompañó como enfermera al doctor Norman Bethune a hacer las primeras transfusiones de sangre en el campo de batalla. Treinta y ocho años más tarde, Rosario Ibarra de Piedra se levantó en contra de una nueva forma de tortura, la desaparición de personas. Su protesta antecede al levantamiento de las Madres de Plaza de Mayo con su pañuelo blanco en la cabeza por cada hijo desaparecido. “Vivos los llevaron, vivos los queremos”.

La última pintora surrealista, Leonora Carrington pudo escoger vivir en Nueva York al lado de Max Ernst y el círculo de Peggy Guggenheim pero, sin saber español, prefirió venir a México con el poeta Renato Leduc, autor de un soneto sobre el tiempo que pienso decirles más tarde si me da la vida para tanto.

Lo que se aprende de niña permanece indeleble en la conciencia y fui del castellano colonizador al mundo esplendoroso que encontraron los conquistadores. Antes de que los Estados Unidos pretendieran tragarse a todo el continente, la resistencia indígena alzó escudos de oro y penachos de plumas de quetzal y los levantó muy alto cuando las mujeres de Chiapas, antes humilladas y furtivas, declararon en 1994 que querían escoger ellas a su hombre, mirarlo a los ojos, tener los hijos que deseaban y no ser cambiadas por una garrafa de alcohol. Deseaban tener los mismos derechos que los hombres.

“¿Quien anda ahí?” “Nadie”, consignó Octavio Paz en El laberinto de la soledad.Muchos mexicanos se ningunean. “No hay nadie” -contesta la sirvienta. “¿Y tú quien eres?” “No, pues nadie”. No lo dicen para hacerse menos ni por esconderse sino porque es parte de su naturaleza. Tampoco la naturaleza dice lo que es ni se explica a sí misma, simplemente estalla. Durante el terremoto de 1985, muchos jóvenes punk de esos que se pintan los ojos de negro y el pelo de rojo, con chalecos y brazaletes cubiertos de estoperoles y clavos arribaban a los lugares siniestrados, edificios convertidos en sándwich, y pasaban la noche entera con picos y palas para sacar escombros que después acarreaban en cubetas y carretillas. A las cinco de la mañana, ya cuando se iban, les pregunté por su nombre y uno de ellos me respondió: “Pues póngame nomás Juan”, no sólo porque no quería singularizarse o temiera el rechazo sino porque al igual que millones de pobres, su silencio es también un silencio de siglos de olvido y de marginación.

Tenemos el dudoso privilegio de ser la ciudad más grande del mundo: casi 9 millones de habitantes. El campo se vacía, todos llegan a la capital que tizna a los pobres, los revuelca en la ceniza, les chamusca las alas aunque su resistencia no tiene límites y llegan desde la Patagonia para montarse en el tren de la muerte llamado “La Bestia” con el sólo fin de cruzar la frontera de Estados Unidos.

En 1979, Marta Traba publicó en Colombia una Homérica Latina en la que los personajes son los perdedores de nuestro continente, los de a pie, los que hurgan en la basura, los recogedores de desechos de las ciudades perdidas, las multitudes que se pisotean para ver al Papa, los que viajan en autobuses atestados, los que se cubren la cabeza con sombreros de palma, los que aman a Dios en tierra de indios. He aquí a nuestros personajes, los que llevan a sus niños a fotografiar ya muertos para convertirlos en “angelitos santos”, la multitud que rompe las vallas y desploma los templetes en los desfiles militares, la que de pronto y sin esfuerzo hace fracasar todas las mal intencionadas políticas de buena vecindad, esa masa anónima, oscura e imprevisible que va poblando lentamente la cuadrícula de nuestro continente; el pueblo de las chinches, las pulgas y las cucarachas, el miserable pueblo que ahora mismo deglute el planeta. Y es esa masa formidable la que crece y traspasa las fronteras, trabaja de cargador y de mocito, de achichincle y lustrador de zapatos -en México los llamamos boleros-. El novelista José Agustín declaró al regresar de una universidad norteamericana: “Allá, creen que soy un limpiabotas venido a más”. Habría sido mejor que dijera “un limpiabotas venido a menos”. Todos somos venidos a menos, todos menesterosos, en reconocerlo está nuestra fuerza. Muchas veces me he preguntado si esa gran masa que viene caminando lenta e inexorablemente desde la Patagonia a Alaska se pregunta hoy por hoy en qué grado depende de los Estados Unidos. Creo más bien que su grito es un grito de guerra y es avasallador, es un grito cuya primera batalla literaria ha sido ganada por los chicanos.

Los mexicanos que me han precedido son cuatro: Octavio Paz en 1981, Carlos Fuentes en 1987, Sergio Pitol en 2005 y José Emilio Pacheco en 2009. Rosario Castellanos y María Luisa Puga no tuvieron la misma suerte y las invoco así como a José Revueltas. Sé que ahora los siete me acompañan, curiosos por lo que voy a decir, sobre todo Octavio Paz.

Ya para terminar y porque me encuentro en España, entre amigos quisiera contarles que tuve un gran amor “platónico” por Luis Buñuel porque juntos fuimos al Palacio Negro de Lecumberri -cárcel legendaria de la ciudad de México-, a ver a nuestro amigo Álvaro Mutis, el poeta y gaviero, compañero de batallas de nuestro indispensable Gabriel García Márquez. La cárcel, con sus presos reincidentes llamados “conejos”, nos acercó a una realidad compartida: la de la vida y la muerte tras los barrotes.

Ningún acontecimiento más importante en mi vida profesional que este premio que el jurado del Cervantes otorga a una Sancho Panza femenina que no es Teresa Panza ni Dulcinea del Toboso, ni Maritornes, ni la princesa Micomicona que tanto le gustaba a Carlos Fuentes, sino una escritora que no puede hablar de molinos porque ya no los hay y en cambio lo hace de los andariegos comunes y corrientes que cargan su bolsa del mandado, su pico o su pala, duermen a la buena ventura y confían en una cronista impulsiva que retiene lo que le cuentan.

Niños, mujeres, ancianos, presos, dolientes y estudiantes caminan al lado de esta reportera que busca, como lo pedía María Zambrano, “ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas”.

Por todas estas razones, el premio resulta más sorprendente y por lo tanto es más grande la razón para agradecerlo.

El poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos.

A mi hija Paula, su hija Luna, aquí presente, le preguntó:

-Oye mamá, ¿y tú cuántos años tienes?

Paula le dijo su edad y Luna insistió:

-¿Antes o después de Cristo?

Es justo aclararle hoy a mi nieta, que soy una evangelista después de Cristo, que pertenezco a México y a una vida nacional que se escribe todos los días y todos los días se borra porque las hojas de papel de un periódico duran un día. Se las lleva el viento, terminan en la basura o empolvadas en las hemerotecas. Mi padre las usaba para prender la chimenea. A pesar de esto, mi padre preguntaba temprano en la mañana si había llegado el “Excélsior”, que entonces dirigía Julio Scherer García y leíamos en familia. Frida Kahlo, pintora, escritora e ícono mexicano dijo alguna vez: “Espero alegre la salida y espero no volver jamás”. A diferencia de ella, espero volver, volver, volver y ese es el sentido que he querido darle a mis 82 años. Pretendo subir al cielo y regresar con Cervantes de la mano para ayudarlo a repartir, como un escudero femenino, premios a los jóvenes que como yo hoy, 23 de abril de 2014, día internacional del libro, lleguen a Alcalá de Henares.

En los últimos años de su vida, el astrónomo Guillermo Haro repetía las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Observaba durante horas a una jacaranda florecida y me hacía notar “cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando”. Esa certeza del estrellero también la he hecho mía, como siento mías las jacarandas que cada año cubren las aceras de México con una alfombra morada que es la de la cuaresma, la muerte y la resurrección.

Muchas gracias por escuchar.”

martes, 22 de abril de 2014

Gabriel García Márquez se fue un jueves santo

Gabriel García Márquez, Cartagena 2007

Gabriel García Márquez murió un jueves santo, igual que Úrsula. Mientras en el caso del escritor ese día le tocó abandonar el mundo físico la partida de Úrsula en jueves santo fue decisión del creador de la intrincada historia de generaciones previas y posteriores a la unión de José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, en la que el tiempo no pasa sino da vueltas en redondo.

Un domingo de ramos entraron al dormitorio mientras Fernanda estaba en misa, y cargaron a Úrsula por la nuca y los tobillos.
‒Pobre la tatarabuelita ‒dijo Amaranta Úrsula‒, se nos murió de vieja.Úrsula se sobresaltó.‒¡Estoy viva! ‒dijo.‒Ya ves ‒dijo Amaranta Úrsula, reprimiendo la risa‒, ni siquiera respira.‒¡Estoy hablando! ‒gritó Úrsula.‒Ni siquiera habla ‒dijo Aureliano‒. Se murió como un grillino.Entonces Úrsula se rindió a la evidencia. «Dios mío», exclamó en voz baja. «De modo que esto es la muerte». Inició una oración interminable, atropellada, profunda, que se prolongó por más de dos días, y que por el martes había degenerado en un revoltijo de súplicas a Dios y de consejos prácticos para que las hormigas coloradas no tumbaran la casa, para que nunca dejaran apagar la lámpara frente al daguerrotipo de Remedios, y para que cuidaran de que ningún Buendía fuera a casarse con alguien de su misma sangre, porque nacían los hijos con cola de puerco. Aureliano Segundo trató de aprovechar el delirio para que le confesara dónde estaba el oro enterrado, pero otra vez fueron inútiles las súplicas. «Cuando aparezca el dueño ‒dijo Úrsula‒ Dios ha de iluminarlo para que lo encuentres». Santa Sofía de la Piedad tuvo la certeza de que la encontraría muerta de un momento a otro, porque observaba por esos días un cierto aturdimiento de la naturaleza: que las rosas olían a quenopodio, que se le cayó una totuma de garbanzos y los granos quedaron en el suelo en un orden geométrico perfecto y en forma de estrella de mar, y que una noche vio pasar por el cielo una fila de luminosos discos anaranjados. 
Amaneció muerta el jueves santo.

Seguramente existen y se escribirán sesudos ensayos sobre el simbolismo de esta coincidencia pero para una lectora despistada como yo y sin el bagaje cultural de quienes han analizado la obra de García Márquez no deja de llamar la atención esto que puede ser interpretado como el último acto poético del autor de una de las historias más fascinantes que haya conocido la literatura mundial.

Al igual que Úrsula el escritor hizo y deshizo con la memoria una vida que sólo viviéndola y reviviéndola como él lo hizo pudo no sólo contar sino transformar y llevar al nivel más alto del arte y la magia.

No me atrevería a decir que le debo a Cien años de soledad la fascinación por la memoria, la valoración de algo tan nuestro que nos permite recordar, evocar, suspirar y revivir pero que por fortuna también nos permite olvidar. Al hacer el recuento de nuestra vida vale la pena tener presente lo que nos dice el colombiano más mexicano: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".

Gabriel García Márquez se fue un jueves santo pero permanecerá en la memoria universal por los siglos de los siglos, al lado de otros tantos grandes.




miércoles, 2 de abril de 2014

Día Internacional del Libro Infantil 2014

Cartel diseñado por Niamh Sharkey

Desde 1967, el 2 de abril, coincidiendo con la fecha del nacimiento del escritor danés Hans Christian Andersen, el IBBY promueve la celebración del Día Internacional del Libro Infantil con el fin de promocionar los buenos libros infantiles y juveniles y la lectura entre los más jóvenes.

Cada año una Sección Nacional tiene la oportunidad de ser la patrocinadora internacional del Día del Libro Infantil y selecciona un escritor o escritora representativo, así como a un reconocido ilustrador o ilustradora de su país para que elaboren el mensaje y el cartel dirigidos a todos los niños del mundo y se promueva la celebración en las bibliotecas, centros escolares, librerías, etc.

Este año, el país elegido es Irlanda. El diseño del cartel es de Niamh Sharkey y el texto de la escritora Siobhán Parkinson:

CARTA A LOS NIÑOS DEL MUNDO

Los lectores a menudo le preguntan a los escritores cómo escriben sus historias - ¿de dónde salen las ideas? Provienen de mi imaginación, contesta el escritor. Ah, claro, suele contestar el lector. Pero, ¿dónde está tu imaginación, de qué está hecha y es cierto que todo el mundo tiene una?

Bueno, responde el escritor, está en mi cabeza, por supuesto, y está compuesta de imágenes y palabras y recuerdos y rastros de otras historias y palabras y fragmentos de cosas y melodías y pensamientos y rostros y monstruos y formas y palabras y movimientos y palabras y olas y arabescos y paisajes y palabras y perfumes y sentimientos y colores y rimas y pequeños chasquidos y silbidos y sabores y explosiones de energía y acertijos y brisas y palabras. Todo ello girando ahí dentro y cantando y comportándose como un caleidoscopio y flotando y sentándose y pensando y rascándose la cabeza.

Por supuesto que todo el mundo tiene imaginación: sin ella, no seríamos capaces de soñar. No obstante, no toda imaginación tiene las mismas cosas dentro de ella. Probablemente, la imaginación de los cocineros contenga en su mayoría sabores, de la misma manera que la imaginación de los artistas contendrá sobre todo colores y formas. La imaginación de los escritores está principalmente llena de palabras.

Para los lectores y oyentes de historias, sus imaginaciones también se nutren de palabras. La imaginación de un escritor trabaja y da vueltas y da forma a las ideas, a los sonidos, a las voces, a los personajes y a los acontecimientos hasta convertirlos en una historia; esta historia no está compuesta de otra cosa que no sean palabras, batallones de garabatos desfilando por las páginas. Entonces ocurre que, de pronto, llega un lector y esos garabatos cobran vida. Siguen estando en la página, siguen pareciendo garabatos pero también están retozando en la imaginación del lector, y éste da forma e hila las palabras para que la historia ahora tenga lugar en su cabeza, como tuvo lugar en la cabeza del escritor.

Este es el motivo por el cual el lector es tan importante para una historia como lo es el escritor. Solo hay un escritor para cada de ellas, pero hay cientos o miles o incluso a veces millones de lectores de historias, que leen en el mismo idioma que el del escritor o que quizás hasta lean traducciones en muchos otros idiomas diferentes. Sin el escritor, no nace el cuento; sin todos los miles de lectores alrededor del mundo, el cuento no llegará nunca a vivir todas las vidas que puede vivir.

Todo lector de una historia tiene algo en común con los otros lectores de esa misma historia. Separadamente, aunque también de alguna manera juntos, ellos han recreado la historia en su propia imaginación: una acción que es tanto privada como pública, individual como común, íntima como internacional.

Es posiblemente lo que los humanos hacen mejor.
¡Seguid leyendo!

Autora, editora, traductora
y ganadora del premio Premio na nÓg
Traducción: Paula Sanz

Información tomada de la página de Oepli





jueves, 6 de marzo de 2014

Luis Villoro, por Juan Villoro






La taquería revolucionaria
Juan Villoro
Mi padre, que detesta las anécdotas personales, ha contado mil veces la escena que más lo horrorizó en su juventud. Todo ocurrió en una polvosa hacienda de San Luis Potosí, pero para entender ese momento de condensación hay que retroceder en el tiempo.
Luis Villoro Toranzo nació en Barcelona en 1922. Su madre era potosina y estaba casada con un aragonés de La Portellada, pueblo que hoy en día tiene trescientos habitantes. Doscientos de ellos se apellidan Villoro (no es de extrañar que en ese sitio redundante, por no decir incestuoso, mi abuelo se llamara Miguel Villoro Villoro).
Las fechas nunca han sido una especialidad familiar. No sabemos muy bien qué edad tenía mi padre cuando perdió al suyo, pero debe haber rondado los siete años. Mi abuela quedó viuda, con tres hijos, en un país que se descomponía rumbo a la Guerra civil. Volvió a México y mis tíos y mi padre fueron a dar a internados de jesuitas.
Mi padre creció cerca de Namur, en Bélgica. Aprendió latín, fue campeón de oratoria, llegó a obtener la nota más alta en francés y logró el milagro de ser feliz en un ambiente de severidad y reclusión. Su hermano Miguel sufrió con el aislamiento pero encontró ahí su vocación de jesuita.

En la Facultad de Filosofía de la Universidad Michoacana Foto: La Jornada Michoacán
Como tantas familias, la mía se vio afectada por el delirio expansionista de Hitler. Cuando mi padre llegó a la adolescencia, Europa se preparaba para la guerra, así es que se reunió en México con su madre e ingresó a Bachilleratos, la preparatoria de los jesuitas.
El dinero de la familia provenía de haciendas que producían mezcal. La escena definitiva de mi padre ocurrió en una de ellas, Cerro Prieto, que hoy es una ruina fantasmagórica.
Los peones de la hacienda se formaron en fila para darle la bienvenida y le besaron la mano. Mi padre vivió el momento más oprobioso de su vida. Ancianos con las manos lastimadas por trabajar la tierra le dijeron “patroncito”. ¿Qué demencial organización del mundo permitía que un hombre cargado de años se humillara de ese modo ante un señorito llegado de ultramar? Mi padre sintió una vergüenza casi física. Supo, amargamente, que pertenecía al rango de los explotadores.
Su vida pródiga se entiende como un valiente ejercicio de expiar la agraviante escena de la que todo se deriva. Su familia era monárquica y franquista, y él comenzó a poner en duda el sistema de valores en que había crecido. Buscó otra España y, como le ocurriría con frecuencia, la encontró en la forma de una mujer hermosa. Se enamoró de Gloria Miaja, hija del general republicano que había defendido Madrid.
El destino depende más de lo que se descarta que de lo que se realiza. Mi padre y sus sucesores dependemos de que no haya podido casarse con la hija de un militarrojo de pésimo carácter.
Para entender su país de adopción, dirigió la mirada a los españoles que en la Colonia pasaron por un trance similar al suyo. Clavijero, Las Casas y Tata Vasco fueron sus ejemplos. Su primer libro, Los grandes momentos del indigenismo en México, narra los afanes de los misioneros ilustrados que se pusieron de parte de la causa indígena.

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viernes, 21 de febrero de 2014

Día Internacional de la Lengua Materna



Hace catorce años la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) incorporó a su calendario de celebraciones el Día Internacional de la Lengua Materna, cuya finalidad es promover la diversidad lingüística y cultural, así como el multilingüismo.

La edición 2014 está dedicada a las lenguas locales y la transmisión del conocimiento científico. En el artículo publicado en la página de la Unesco se llama la atención sobre la importancia de transmitir este tipo de conocimientos en la lengua materna:
Contrariamente a la creencia común, las lenguas locales son totalmente capaces de transmitir los conocimientos científicos y tecnológicos más modernos. De hecho, la comunicación en el mundo de las ciencias se establece mayoritariamente en idiomas vernáculos. Con la exclusión de estas lenguas, sus hablantes se verán privados de su derecho humano fundamental al conocimiento científico. En cambio, su preservación abre las puertas al enriquecimiento con saberes tradicionales científicos a menudo ignorados.Las lenguas son los instrumentos más poderosos para preservar y desarrollar nuestro patrimonio cultural, tanto el tangible como el intangible. Todas iniciativas dirigidas a difundir las lenguas maternas servirán no sólo para incentivar la diversidad lingüística y el multilingüismo, sino también para crear una mayor conciencia acerca de las tradiciones culturales en todo el mundo y promover la solidaridad basada en el entendimiento, la tolerancia y el diálogo.
La ciencia debe reconocerse como parte de la cultura, como condición para ofrecer una educación integral, por lo que este llamado de atención debería reflejarse en la calidad de la enseñanza y en la construcción de sociedades mejor preparadas, capaces no solamente de preservar y transmitir conocimientos sino de desarrollarlos y aplicarlos para el beneficio de las mayorías.

jueves, 13 de febrero de 2014

50 años de Alfaguara


Tal vez sea cierto lo que dice Javier Marías que no tiene ningún mérito para un hombre o una mujer cumplir cincuenta años, mientras que para una editorial sí lo tiene, a propósito del primer cincuentenario de Alfaguara. 

Independientemente de lo meritorio que sea llegar y aun sobrepasar la línea de los cincuenta, haberlo hecho y seguir adelante como lector tendrá algún mérito y sin duda múltiples recompensas.

Echar un vistazo al catálogo de Alfaguara produce vértigo, al menos a mí. Tantos autores, tantos títulos, tantas historias que esperan llegar a buen puerto resultan atractivos pero al mismo tiempo inalcanzables. De manera que no queda más que seleccionar y leer para celebrar este aniversario, para celebrar la literatura, para celebrar la vida.


miércoles, 8 de enero de 2014

El español de México es un idioma popular

Luis Fernando Lara, coordinador del Diccionario del español de México

La RAE daña nuestro idioma por su visión etnocéntrica, afirma Lara Ramos

Reyes Martínez Torri
Miércoles 8 de enero de 2014

La Real Academia Española le hace mucho daño a nuestra lengua, tiene una visión demasiado etnocéntrica y metropolitana en relación con las antiguas colonias, da la impresión de que no está dispuesta a aceptar las diferentes maneras de hablar español en América, afirmó el lexicógrafo y lingüista Luis Fernando Lara, coordinador durante 40 años del Diccionario del español de México.

Entrevistado por La Jornada en su cubículo de El Colegio de México con motivo de la reciente adjudicación del Premio de Ciencias y Artes 2013 en su rama de Literatura y Lingüística, Lara Ramos (DF, 1943) sostiene que nuestro español es de un país libre en donde las palabras han adquirido un significado que varía con respecto a los españoles... ¿Por qué hemos de renunciar a eso si nuestra manera de hablar tiene una raigambre histórica?

Asegura, con ánimo docente: somos dueños de “una semántica propia. ‘Soberanía’, que es muy valiosa para nosotros, significa el derecho del pueblo para elegir el resto de su vida. Para la Academia Española, es ‘el derecho del rey’. ¿Vamos a cambiar ese significado nosotros?, claro que no, si somos una República”.

Licenciado en lengua y literatura por la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1968, y con estudios en las universidades de Kiel y de Heidelberg, en la entonces República Federal Alemana, fue reconocido con el galardón por sus destacados aportes teórico-metodológicos a la lexicografía del español.

Sobre el reconocimiento que le otorgó el gobierno mexicano dice estar feliz y manifiesta con sencillez: Llevo 43 años trabajando y he trabajado a conciencia. Entonces, que le reconozcan a uno este trabajo pues se siente uno muy bien. Da gusto.

Coordina desde 1973 el Diccionario del español de México, creado con la intención de establecer una diferencia con los diccionarios españoles, sobre todo con el diccionario académico. Al presente, dice, ya estamos empezando a preparar nuestros sucesores para que pueda crecer y seguir. Es un trabajo que merece México.

Sin embargo, dice: “Empezamos a sentir demanda de la sociedad para que hagamos muchas más cosas y no podemos porque con qué pagamos. Somos siete personas, muy poquitos si nos comparan: la Academia Española tiene 60 lexicógrafos, el Diccionario Merriam-Webster’s de Estados Unidos tiene 150”.

El especialista, que habla francés, alemán, inglés y un poco de italiano, destaca la particularidad de la variante del idioma practicada en nuestro territorio: Tiene gran ventaja en comparación con otras formas de hablarlo: es pausado, se reconocen fácilmente los sonidos y eso hace que en la enseñanza del español a extranjeros se prefiera la pronunciación mexicana y no la castellana.

Por otra parte, rechaza las críticas a Internet por corromper el lenguaje, lo cual es falso a su decir. Para él, el lenguaje que se usa en los chats es otra taquigrafía. A la lengua no le pasa nada, al contrario: “En los blogs y redes sociales el fenómeno muy interesante es que está dando una plena libertad para expresarse a la gente y eso es muy importante, porque la lengua no se cultiva si no se usa.

“Claro, algunos que conocen mal la lengua se equivocan de palabra, ponen expresiones que suenan mal: ¡Así es la vida! –ríe. A unos les sale bien y a otros les sale peor y ya”. En cambio, propone, hay que tenerle miedo al lenguaje alambicado, empalagoso, pomposo, pero a la libre expresión de la gente, no.

Rechaza tajante que el español se esté deteriorando: Esas son tonterías. Claro que hay palabras que caen en desuso, como los objetos mismos, digamos daguerrotipo, que estaba condenada porque ya desapareció esa técnica, ahora hay fotografía.

Según sus investigaciones, como en el libro Historia mínima de la lengua española, que será publicado en enero, ha visto que esta lengua ha sido popular desde que en el siglo XII el rey de Castilla Alfonso, El Sabio, decidió hablar a los habitantes de las ciudades que conquistaba en la península ibérica en el lenguaje que entendían: El español del pueblo.

Esa característica “explica que en español se haya escrito la primera gramática de una lengua moderna, antes que las del inglés, francés o italiano; el primer diccionario de español al latín (Lebrija, 1496); la primera lengua en Europa utilizada para la ciencia, efecto de Alfonso, El Sabio, que estaba traduciendo mucho conocimiento de la antigüedad griega y persa al español, mientras que el resto de Europa seguía haciéndolo al latín”, reitera Lara Ramos.

Los romances españoles del siglo XIV y XV, que en México se conservan en los corridos, han permitido que nuestra lengua más culta no tenga grandes discrepancias con nuestra lengua más popular. Para leer ahora el Poema del mío Cid o El Quijote se necesita un diccionario, pero aún se entiende, en contraste, para leer a Geoffrey Chaucer en el idioma original se debe ir a la universidad a tomar un curso de inglés antiguo.

El español siempre ha sido popular y debemos mantenerlo igual. Piense en el rap La chilanga banda. No se ha fijado –conversa el especialista– que está escrito en octosílabos, de rima asonante, en cuarteta, que corresponde a la más antigua tradición poética del español”.

Lara habla también sobre las expresiones de machismo en el idioma: “Debemos ser cuidadosos, no caer en las exageraciones de ciertos grupos feministas, pero a la vez reconocer la necesidad de darle su verdadero lugar a las mujeres… nada impide que digamos doctora, arquitecta, médica, pero en cambio, estar diciendo ‘ciudadanos y ciudadanas’, ‘niños y niñas’ es muy aburrido y no hace falta”.

Y rememora su llegada a este campo de estudios a partir de una vocación natural, tengo actitud por las palabras y eso me llevó a la lingüística. Sin embargo, luego de terminar el bachillerato estudió ingeniería por dos años. “Yo había provocado un verdadero escándalo en mi casa, ‘cómo se me ocurría dejar la ingeniería e irme a eso de letras’… Tuve que hablar con mis padres, les dije: ‘ya no me den dinero, yo me las arreglo, pero quiero estudiar letras’”.

Durante sus primeros años en esta disciplina, recuerda, “la lingüística había pasado al primer plano de las humanidades… los franceses en los años 60 habían declarado pomposamente a la lingüística ciencia piloto de las humanidades. Pero en el ámbito nacional, teníamos esa alma partida entre las lenguas indígenas y el español. Hasta la fecha hay incomprensión por parte de los que estudian lenguas indígenas respecto del español y de los que estudian español respecto del valor de las lenguas indígenas”.

A sus 70 años, prevé: “Si existiera la rencarnación, en mi siguiente encarnación sería músico. Me fascina. Tengo tantos preferidos, es muy difícil decirlo. En la antigüedad, el siglo XVII, Michael Praetorius, Bach, por supuesto, Haydn, Mozart, Beethoven, Brahms –enlista. Brahms es un compositor con el que me identifico mucho. Me gustaría que mis libros fueran como una sinfonía de Brahms. Me gustan mucho los modernos: Debussy, Stravinsky, Lavista”.