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viernes, 8 de febrero de 2013

El artista que pintó un caballo azul, de Eric Carle


El artista que pintó un caballo azul, de Eric Carle
España, Kalandraka, 2012

En múltiples ocasiones los libros, además de contar una historia, son homenajes a personas que dejaron huella en sus autores. Esto es precisamente El artista que pintó un caballo azul, libro ilustrado pletórico de color, que con un mínimo de palabras, nos ofrece la visión de un artista que se divierte pintando animales de colores imposibles en la naturaleza. El escritor e ilustrador Eric Carle vuelca en esta obra su admiración por Franz Marc, a quien descubrió gracias a su maestro de arte de la escuela primaria, de quien aprendió que el arte es libre y hace libre al artista.

Eric Carle nació en Estados Unidos en 1929 y actualmente vive en ese país y dedica su vida al arte, a la divulgación y educación artística y a comercializar todo lo que lleve su sello, como puede verse en su página web, lo que nos da una idea clara de que debe ser un artista muy feliz que vive del arte. Vivió su niñez en Alemania.

En las notas sobre el autor y el pintor homenajeado leemos que cuando Eric Carle tenía doce o trece años su profesor de arte, el señor Krauss, al ver que el niño tenía talento, le mostró a escondidas algunas obras prohibidas. "Me gusta la libertad y soltura que hay en tus dibujos y pinturas -le dijo-, pero sólo me permiten enseñar arte realista". Entre las obras de los artistas prohibidos que el señor Krauss presentó al joven estudiante estaban algunas del pintor alemán Franz Marc. "Señalando las reproducciones, continuó diciendo: 'Fíjate bien en la soltura, la libertad y -¡ay!- la belleza de estos cuadros. Los nazis no tienen ni idea de lo que es un artista; ¡son unos ignorantes!". 

Prohibir obras y perseguir artistas ha sido, es y será cosa de mentes criminales. ¿Qué otra cosa fue el nazismo y qué otra cosa son las dictaduras y los sistemas autoritarios?

Eric Carle dice: "mi burro de colores, mi león verde, mi elefante naranja y otros animales pintados de colores 'equivocados' nacieron de aquel día, hace setenta años".

El homenajeado en este libro, Franz Marc, nació el 8 de febrero de 1880 en Munich, Alemania. Leemos en la nota sobre el autor que "Le encantaba pintar animales de colores brillantes y poco comunes". Fue hijo de un paisajista. Debido a que el servicio militar le impidió estudiar filología optó por la carrera artística. De 1900 a 1902 estudió en la Academia de Arte de Munich con Gabriel Hackl y Wilhelm von Diez. Al año siguiente, durante una visita a Francia conoció el trabajo de los impresionistas en París.

Durante los años siguientes, entre una época en la que sufrió depresión y conoció el trabajo de Paul Gauguin, Vincent van Gogh, los cubistas y los expresionistas dedicó buena parte de su tiempo a dar clases de anatomía animal a artistas. Una exposición de Henri Matisse en Munich, en 1910 dejó profunda huella en él. Ese año tuvo su primera exposición individual. Con Vasily Kandinsky creó Der Blaue Reiter ("El jinete azul"), movimiento cultural que en 1911 ofreció su primera exhibición en la Galería Heinrich Thannhauser, de Munich. Para la segunda exposición, dos meses después, Franz Marc invitó a los miembros del grupo de artistas de Berlín Die Brucke ("El puente").

La obra de Franz Marc me cautivó. Tuve oportunidad de ver algo de él en la exposición  "Gauguin y el viaje a lo exótico", que presentó el museo de arte Thyssen-Bornemisza, así como en el Sprengel Museum, de Hannover, Alemania. Generalmente, cuando leo las cédulas de las obras exhibidas veo las fechas de nacimiento y muerte de los artistas. En el caso de Marc me llamó la atención que murió a la tierna edad de treinta y seis años, en la batalla de Verdun, Francia, el 4 de marzo de 1916. Poco antes de su muerte el gobierno alemán había elaborado una lista en la que se incluían los nombres de artistas notables que deberían ser retirados del frente. Su nombre estaba ahí.

En El artista que pintó un caballo azul se lee: "En el bolsillo de su uniforme encontraron su cuaderno de bocetos con treinta y seis dibujos a lápiz que, según le escribió a su esposa, pensaba pintar al óleo cuando regresara del frente.

Maestros como el señor Krauss que compartió su pasión con sus alumnos y libros como el de Carle, publicado por Kalandraka, podrían despertar vocaciones artísticas que rompan esquemas y den rienda suelta a la creatividad. Ojalá todos los estudiantes tuvieran maestros que permitieran salirse de la "rayita", trazar y colorear de manera no convencional y que las buenas obras destinadas a los lectores de literatura infantil y juvenil sean leídas con esos ojos.





jueves, 20 de diciembre de 2012

Canción de Navidad, de Charles Dickens, con ilustraciones de Roberto Innocenti

Canción de Navidad, de Charles Dickens
Ilustraciones de Roberto Innocenti
España, Kalandraka, 2011

Kalandraka Ediciones nos ofrece Canción de Navidad (A Christmas Carol), una de las obras navideñas más conocidas y entrañables de la literatura, ilustrada por Roberto Innocenti, uno de los más grandes ilustradores del mundo.

Surgido de la pluma, siempre crítica, desgarradora y sarcástica, de Charles Dickens, este cuento de Navidad narra la historia del avaro por antonomasia: Ebenezer Scrooge, a quien se le ha dado la oportunidad, en el frío y solitario invierno de su vida, de corregir el rumbo y salvarse del destino terrible que sufren quienes dedicaron su vida a la usura, la avaricia, la explotación y se mostraron insensibles ante las injusticias que sufren los pobres y desvalidos.

La aparición, en la víspera de Navidad, del fantasma de su socio Jacob Marley, quien muriera siete años atrás, tiene el propósito de anunciarle la visita de tres espíritus, los de las Navidades Pasada, Presente y Futura, cuya misión es enfrentar al hombre a vivencias olvidadas durante las navidades infantiles y juveniles; a la difícil realidad cotidiana que enfrenta gente cercana, en la Navidad presente y a una Navidad futura que no vivirá debido a que llegó su vida al final justo en esa época.
-¡Escúchame! -gritó el fantasma-. Mi tiempo llega a su fin.
-Te escucho -dijo Scrooge-. ¡Pero no seas duro conmigo! ¡No te excedas en florituras! ¡Por favor!
-No me preguntes cómo es que puedo aparecer ante ti de forma que me veas. Llevo muchísimo tiempo a tu lado en estado invisible.
Aquella idea no era agradable. Scrooge sintió un escalofrío y se secó el sudor de la frente.
-No es una parte amena de mi penitencia -prosiguió el fantasma-. Estoy aquí esta noche para advertirte de que aún te queda una oportunidad para evitar mi destino. Una oportunidad gracias a mí, Ebenezer.
-Siempre has sido un buen amigo -dijo Scrooge-. ¡Gracias!
-Vendrán a visitarte tres espíritus -continuó el fantasma.
A Scrooge se le abrió la boca casi tanto como la del fantasma anteriormente.
-¿En eso consiste la oportunidad que mencionabas, Jacob? -preguntó con voz trémula.
-Sí.
-Creo... creo que no voy a querer -dijo Scrooge.
-Sin su visita no podrás evitar mi camino -dijo el fantasma-. Cuenta con el primero de ellos para mañana, cuando la campana dé la una.
-Jacob ¿no puedo recibir a los tres juntos? -sugirió Scrooge.
-Cuenta con el segundo para la noche siguiente a la misma hora. El tercero para la siguiente noche, cuando la última campanada de las doce deje de vibrar. No esperes verme nunca más y por tu propio bien, procura recordar lo que acaba de pasar entre nosotros!
Dicho esto, el espectro recogió el pañuelo de la mesa y se lo enrolló alrededor de la cabeza, tal como lo tenía antes. Scrooge se dio cuenta por el ruidito seco que hicieron sus dientes cuando la venda juntó las mandíbulas. Se atrevió a alzar de nuevo la vista y se encontró a su visita sobrenatural frente a él, en una postura erguida y con la cadena enrollada por encima del brazo.

Canción de Navidad nos regala imágenes de diferentes sectores de la sociedad inglesa que celebraban las fiestas con música, bailes, juegos y, por supuesto, comida y bebida, como lo atestiguó en una de las paradas que hizo el Espíritu de la Navidad Pasada durante la celebración organizada por el señor Fezziwig, cuando el joven Scrooge era su aprendiz.
Hubo más bailes, más juegos de prendas, y más bailes, y hubo tarta, y hubo vino caliente endulzado y hubo una enorme pieza de carne asada, y otra enorme pieza de carne cocida, y pasteles de carne, y abundante cerveza.
Qué recuerdos empolvados, qué momentos arrinconados en algún lugar del cerebro y el corazón guardaba Ebenezer Scrooge, quien por la forma en que trata a los demás pareciera que su vida siempre fue un cubo de hiel.

La lealtad y el respeto que sienten los trabajadores honrados por sus patrones resultan inexplicables cuando reciben trato de esclavos. Bob Cratchit, amante esposo y padre de seis, trabaja en duras condiciones y por un mísero salario a las órdenes del viejo Scrooge. A falta de riquezas goza del amor de su familia y, pese a todo, durante el brindis de Navidad levanta su vaso y pronuncia unas palabras a la salud del avaro:
-¡Por el señor Scrooge! -dijo Bob-. ¡Brindo por el señor Scrooge, que patrocina esta fiesta!

-¡Que patrocina esta fiesta? -exclamó la señora Cratchit poniéndose roja-. Ya me gustaría a mí tenerlo aquí. Le iba a decir cuatro cosas y mejor que venga con hambre, a ver si se las traga.
-Cariño -dijo Bob-, los niños.... que es Navidad.
A lo largo del cuento Dickens hace referencia a la mala calaña de los funcionarios públicos, gobernantes, banqueros y representantes de gremios, quienes en mucho se parecen a Scrooge y por tanto su destino, a menos que reflexionen en el daño que hacen a los demás y enmienden sus errores, será vagar eternamente arrastrando pesadas y largas cadenas.

Desgraciadamente la falta de imaginación del puñado de ladrones que ha regido y rige el destino del mundo, el desinterés en la lectura de obras maestras como Canción de Navidad y la incapacidad de reconocer todo el mal que hacen a la sociedad les impide aprender del viejo Scrooge, a quien tanto le aterró la imagen de la muerte del pequeño Tim Cratchit como su muerte en la soledad y el abandono, que prometió celebrar las navidades de corazón y mantener el espíritu de la Navidad durante todo el año.

Canción de Navidad, de Charles Dickens es una lectura placentera, que obliga a reflexionar y valorar lo que hemos vivido, lo que vivimos y esperamos vivir. Las ilustraciones de Roberto Innocenti le aportan a la narrativa del escritor inglés imágenes realistas que dan luz sobre los paisajes urbanos, las costumbres y modas de la época en que fue escrita la historia, es decir, son el complemento artístico perfecto para un clásico.




jueves, 1 de marzo de 2012

El pastor de nubes, de Pedro Villar e ilustrado por Miguel Ángel Diez

 El pastor de nubes
Pedro Villar Sánchez y Miguel Ángel Díez
Kalandraka
44 Pág. 15 x 23,5 cm.
ISBN: 978-84-92608-50-8


La naturaleza nos regala casi a diario espectáculos efímeros, etéreos, hermosos que sólo en ocasiones, cuando nos damos tiempo de mirar el cielo, podemos apreciar. Es juego de niños y de adultos sensibles descubrir en las nubes formas, generalmente de animales, observar la luz del atardecer o tratar de descifrar los mensajes, que envían esas nubes negras en época de lluvias.
Pero es cosa de poetas escuchar las palabras que viajan en las nubes, unirlas con la música de la lluvia y el viento para ofrecernos historias como la de Nino, cuya ilusión es convertirse en pastor de nubes.
Nino es hijo de un pastor que se vio obligado a vender su rebaño pues lo que obtenía por su trabajo apenas alcanzaba para sobrevivir. Convertido en agrimensor, gracias a que a fuerza de andar y desandar los caminos sabía medir distancias, no sólo él cambió de actividad sino que dejó a su hijo sin ovejas que cuidar y con el deseo de algún día conocer el mar escondido detrás de las montañas.
Vio pasar veloces a las nubes acompañadas por el silbido de los vientos, a las palabras ocultas entre los murmullos del bosque y a los pájaros lanzados como flechas a la conquista del aire.
Otras veces, cuando llegaba la calma, las nubes se acurrucaban mansamente unas junto a otras. Fue entonces cuando se convenció de que ellas serían su rebaño.
«¿Acaso no viajan de valle en valle? –pensó–. ¿No engordan como los corderos? ¿No llevan entre sus copos de algodón las palabras?»
El pastor de nubes, del poeta Pedro Villar, es una magnífica obra escrita en prosa, bellamente ilustrada por Miguel Ángel Díez y publicada por Kalandraka.

Como valioso gesto de amistad Pedro Villar ha compartido este libro que deseo pronto tener en su versión impresa para disfrutar el olor y color de la tinta, la textura del papel, el amor de una edición tan bien cuidada.
En esta historia hay vivos homenajes a la curiosidad de los niños que desconoce límites; a los narradores orales que van por el mundo recogiendo e inventando historias para regalarlas a quien quiera escucharlas y hacerlas suyas y al empirismo, siempre presente en la gente trabajadora que no tuvo oportunidad de ir a la escuela.
También es un canto a la familia, encarnada en un padre y un hijo, uno práctico, el otro soñador, quienes descubren que su vocación de pastores, de animales el padre, de palabras el hijo, los une con los lazos invisibles de la naturaleza, aunque aparentemente la lean de diferente forma y con distintos fines. El niño presta atención a lo que las hojas de los árboles, el agua, el viento y las nubes le dicen, el padre de Nino aprovecha sus conocimientos para obtener algún beneficio medible, tangible. Seguramente cuando dice a su hijo que "las letras no dan de comer, las palabras se las lleva el viento" no lo hace con malicia, sino con la certidumbre que da la experiencia cotidiana de ganarse la vida en épocas y lugares difíciles, que bien visto cuáles no lo son.

El pastor de nubes ya está a la venta en España.

Gracias, querido Pedro, por este nuevo libro y por tu amistad.