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viernes, 30 de octubre de 2015

¿Quién se ríe de quién?

Dulces para la ofrenda (Museo de Culturas Populares, Coyoacán)

¿Quién se ríe de quién?

‒¿Por qué te empeñas en ignorarme? Mírame bien. Estoy a punto de cumplir un siglo. Contesta, Flaca, no finjas sordera, siento cada vez más cercana tu gélida presencia. ‒Micaela sostiene su acostumbrado y acalorado soliloquio nocturno, tras asegurarse de que nadie la oye, no vayan a tacharla de loca‒. Pensarás que a cien años de andar por estos lares me siento inmortal, que no deseo irme. Gracias, pero ya fue suficiente. Apiádate de mí. Te burlaste de mí cuando me arrebataste a Juanito, al llevártelo la noche en que nació. Te supliqué que me eligieras, pero no, cómo ibas a escuchar a una mocosa de 15 años. Te maldije, como lo he hecho cada vez que tu guadaña diezma a los míos.

‒Desde hace muchos años la parentela que me queda me visita sólo para mi cumpleaños y de paso ayudar a montar la ofrenda. Cada año creen que será la última. Pero mi Benjamín les ha advertido que al paso que vamos ellos colgarán primero los tenis. Me parece oírlos hablar hasta por los dedos mientras preparan platillos tradicionales y de moda, dispuestos a satisfacer gustos y gula, no tanto de los homenajeados, que gozarán con la vista y el olfato cada vianda, sino de los vivos, que lo harán con todos los sentidos.

‒Las ofrendas en tu honor han sido efímeras obras de arte ataviadas con cartas, fotos, libros, discos, juguetes y objetos personales que alimentan el espíritu aquí y allá.

Micaela camina a lo largo y ancho del dormitorio durante su recapitulación. Se detiene para poner un disco. Las llamas de las velas bailan, se asoma a la ventana y advierte que el papel picado de la ofrenda sigue el ritmo de la canción. ‒¿La reconoces? Es Azul, de Lara. Me la cantaba Juan. Sí, mi matrimonio fue arreglado pero de veras que lo amé, era tan fuerte. Siempre me pareció ridículo que la tifoidea lo hubiera vencido a sus 25 años.

‒Es una suerte de ironía haber nacido el 2 de noviembre. Entonces el país estaba inmerso en revueltas, traiciones, hambre, ignorancia, muerte, desapariciones, incertidumbre... «Eso no ha cambiado», dirás. Con todo, mis padres se ufanaban de la cosecha de ese año. Mamá, embriagada por la euforia de que por fin se le había logrado un hijo, bueno, hija, te propuso un pacto, «Parca Buena», te llamó. Prometió que levantaríamos cada año de mi vida una gran ofrenda, siempre y cuando no me tocaras. «¡Ay, madre, qué andas prometiendo!», le reclamaba. He honrado su palabra, pero para la de este año no he movido un dedo, por más que siempre me ha fascinado arropar con las hojas de maíz tamales de diversas salsas y rellenos: rojos, verdes, de mole, chipilín, de dulce. Adoro el aroma del piloncillo hirviendo en cazos de cobre, cuya miel lo mismo sirve para disminuir el picor de los jalapeños rellenos de queso, picadillo y minilla, que para la calabaza en tacha y los buñuelos. Me encanta participar en el alegre comadreo de la gente de la cooperativa cuando prepara guisos de nopales y quelites, arroz, romeritos, pollo en pipián y tortillas, mientras bebemos un traguito de tequila, del que robamos a los difuntos.

‒Pétalos de flores son esparcidos sobre las mesas y el camino que los difuntos recorrerán. Cómo le gustaba a Antonio regalarme flores; era tan detallista como idealista. No percibió el peligro de que la ciudad se devorara estas tierras, que defendió con su vida.

Nunca faltan las calaveras de azúcar, amaranto y chocolate. Los artesanos te representan festiva. La gente cree que comemos calaveritas porque nos reímos de la Muerte pero eso es absurdo ¿cuándo has visto reír a quien le arrebatas a un ser amado?

‒Dicen que las coronas de chile y sal alejan a los malos espíritus; debería haberlas tenido cuando Manuel aceptó a su mejor amigo en la cooperativa. Yo sabía que no era de confiar. No me escuchó. «Solo los amigos traicionan, mi vida, perdóname», alcanzó a decir poco antes de morir. Por suerte los demás cooperativistas no dejaron que el pillo se saliera con la suya y aquí seguimos, cuidando la milpa, aprendiendo y enseñando a los jóvenes.

‒Pero basta de parloteo. Esta noche debo confesarte algo, amiga Catrina ‒se detiene y susurra angustiada‒: me preocupa el rencuentro con quienes se me adelantaron. Muchos murieron sin conocer qué había más allá de estas tierras, sin imaginar inventos maravillosos; sin el alivio de los antibióticos; sin gozar de la palabra escrita. Y hubo quien se fue sin disfrutar el amor, ni siquiera el maternal. ¿Quién reconocerá a esta vieja seca como pasa, más o menos lúcida y con memoria de elefante? ¿Qué voy a hacer cuando llegue a la región de la «vida» eterna? Dicen que nos reímos de ti, pero realmente quien se burla eres tú. Carcajéate ahora que sepas a qué le temo aún más: al rencuentro con mis tres difuntos maridos, padres de mis hijos. ¿Qué voy a hacer cuando esté frente a esos santos varones, a quienes juré amor eterno? Me aterra pensar que al traspasar la última frontera te cobres el pacto. Me da miedo volver a perderlos y quedar sola, otra vez y para siempre.


miércoles, 15 de octubre de 2014

De novias, esposas y otras cosas, de Stanislaw Jaroszek

Stanislaw Jaroszek
De novias, esposas y otras cosas
Editorial El BeiSMan
ISBN: 978-1-4851-0226-4

Hace unos días Stanislaw Jaroszek me envió un correo para avisarme que me haría llegar un ejemplar de su más reciente obra, su segundo libro de cuentos. Esa noticia y tener su libro en las manos me hicieron romper el silencio que ha invadido a esta Aldea. Gracias, Stanislaw.

Al autor lo conocí hace tres años en el marco de la Feria Internacional del Libro de Minería. En esa ocasión platicó, junto con un grupo de escritores mexicanos, sobre las publicaciones de Ediciones Vocesueltas y de la revista Contratiempo.

Lo primero que quien conozca a Stanislaw le pregunta es por qué escribe en español siendo polaco y viviendo en Chicago. En la introducción de su primer libro, Jaleos y denuncias (Ediciones Vocesueltas), responde: "Al español le debo mucho. El español me abrió las puertas de las universidades norteamericanas, y me convirtió en todo un profesional. Es el español el que cada día trae el pan a mi mesa, y por eso le tengo una deuda de gratitud".

Esas palabras me conquistaron, pero más todavía sus palabras escritas y convertidas en relatos en los que el autor siempre está presente como migrante, como amante de la escritura, la familia y la memoria, como protagonista o testigo de acontecimientos que marcan la vida de quienes han tomado la decisión de dejar su casa familiar, su país.

¿Qué inspira las historias de Stanislaw Jaroszek, de dónde surgen? “Es que yo no invento, yo vivo lo que escribo”, dice el protagonista del cuento “El escritor”, mientras ve alejarse a la protagonista de todos sus cuentos. Y seguramente esa sería la respuesta que ofrecería el escritor. No inventa nada, él cuenta historias que vive, que atestigua.

Como ocurre con los relatos de cotidianidades dolorosas, de supervivencia en la selva feroz del desarraigo y el desempleo, el lector desearía que se tratara de mera imaginación, de pura invención de escritor, sin embargo, la realidad de miles y millones de seres humanos desplazados de sus tierras de origen en busca de la promesa de una vida mejor es una cruda realidad que quizá  pasa inadvertida para quienes transitan indiferentes o ensimismados frente a ellos. No obstante, para un escritor como Stanislaw Jaroszek esas historias vividas o referidas por los migrantes latinoamericanos con quienes ha aprendido el español colorido de quienes han dejado atrás a su país pero no su lengua merecen ser contadas, con la ilusión, tal vez, de que las cosas algún día cambien y nadie caiga en engaños y amenazas, como los que vivió el personaje de “Un día de Rambo”.

Al leer a Jaroszek es inevitable preguntarse cuántos seres humanos experimentarán diariamente la humillante esperanza de ser seleccionados por los enganchadores de jornaleros, cuántos ven avanzar las mancecillas del reloj y advierten que el rechazo matutino les echó a perder el día y que no hay forma de saldar las deudas. A cuántos como Tony, mejor conocido como Rambo, les gusta trabajar rápido, sin descanso, trabajar y no pensar en el hambre, no pensar en la aparente falta de solidaridad de sus compatriotas, que lo vieron subirse a la camioneta del gringo gordo, y que no le advirtieron que además de que no paga es policía.

Las novias y las esposas no son ninguna perita en dulce en los relatos de este libro. Las relaciones amorosas tienen su alta dosis de indiferencia, de engaño y aun de abuso. Mientras para unos padres el nacimiento de su hijo significa un cambio radical "Ya siendo padre uno no se siente ni tan joven, ni tan invencible, ni tan inmortal. Asimismo nunca más se sentirá solo"; para otro es como una broma pesada.

En los relatos de Jaroszek la soledad es una constante. Acompaña al jornalero, al esposo, a la vecina, al hijo que conoció a su padre, al viejo que fue millonario por un día. Pero también hay amor y humor.

Escribir sirve para recordar pero también para cambiar la historia que se relata, como ocurre en "Adríán". Escribir para vivir y vivir para escribir no es nada fácil. Crear personajes, darles vida, cuidarlos, esa es la gran responsabilidad del escritor. Que se vendan los libros es importante no tanto para el autor como para sus personajes, nos dice en "La gran fuga", relato en el que el escritor enfrenta la zozobra por la fuga de sus personajes, de que su libro quede vacío, pero sabe que pase lo que pase tendrá que vivir su propio cuento hasta el final.

Stanislaw Jaroszek, maestro, padre de familia, esposo, hijo, hermano, amigo de latinoamericanos, seguirá viviendo y escribiendo cuentos porque es escritor.



viernes, 20 de septiembre de 2013

Canastitas en serie, de B. Traven


En momentos en que se siente más la feroz cercanía de las grandes petroleras dedicadas a la extracción, refinación, distribución, especulación, explotación y saqueo de los recursos del país, con la complicidad de quienes se sienten y asumen sus dueños, me viene a la mente este cuento del misterioso B. Traven (Ret Marut, Traven Torsvan o Hal Croves). Así como Mr. Winthrop hacía sus cuentas y se saboreaba los miles de dólares que iba a ganar a costa del indio tejedor de canastitas, los vendepatrias tratan de convencer a quienes no dudan en llamar necios mexicanos, porque defienden el petróleo, sobre los beneficios que obtendrán si entran los extranjeros a explotar este tesoro nacional. 
Para leer el cuento completo, publicado en el libro Canasta de cuentos mexicanos, haz clic aquí.

Con la cabeza llena de humo llegó por la tarde al pueblecito de Oaxaca. Encontró a su amigo indio sentado en el pórtico de su jacalito, en la misma postura en que lo dejara. Tal parecía que no se había movido de su lugar desde que Mr. Winthrop abandonara el pueblo para volver a Nueva York.
—¿Cómo está usted» amigo? —saludó el americano con una amplia sonrisa en los labios.
El indio se levantó, se quitó el sombrero e, inclinándose cortésmente, dijo con voz suave:
—Bienvenido, patroncito, muy buenas tardes; ya sabe que puede usted disponer de mí y de esta su casa.
Volvió a inclinarse y se sentó, excusándose por hacerlo:
—Perdóneme, patroncito, pero tengo que aprovechar la luz del día y muy pronto caerá la noche.
—Yo ofrecer usted un grande negocio, amigo.
—Buena noticia, señor. Mr. Winthrop dijo para sí:
Ahora saltará de gusto cuando se entere de lo que se trata. Este pobre mendigo vestido de harapos jamás ha visto, ni siquiera ha oído, hablar de tanto dinero como el que le voy a ofrecer. Y hablando en voz alta dijo—: ¿Usted poder hacer mil de esas canastas?
—¿Por qué no, patroncito? Si puedo hacer veinte, también podré hacer mil.
—Tiene razón, amigo. Y cinco mil, ¿poder hacer?
—Por supuesto. Si hago mil, podré hacer cinco mil.
—¡Magnífico! ¡Wonderful! Si yo pedir usted hacer doce mil, ¿cuál ser último precio?
Usted poder hacer doce mil, ¿verdad?
—Desde luego, señor. Podré hacer tantas como usted quiera. Porque, verá usted, yo soy experto en este trabajo, nadie en todo el estado puede hacerlas como yo.
—Eso es exactamente que yo pensar. Por eso venir proponerle gran negocio.
—Gracias por el honor, patroncito.
—¿Cuánto tiempo usted tardar?
El indio, sin interrumpir su trabajo, inclinó la cabeza para un lado, primero; después, para el otro, tal como si calculara los días o semanas que tendría que emplear para hacer las cestas.
Después de algunos minutos dijo lentamente:
—Necesitaré bastante tiempo para hacer tantas canastas, patroncito. Verá usted, el petate y las otras fibras necesitan estar bien secas antes de usarse. En tanto se secan hay que darles un tratamiento especial para evitar que pierdan su suavidad, su flexibilidad y brillo. Aun cuando estén secas, deben guardar sus cualidades naturales, pues de otro modo parecerían muertas y quebradizas. Mientras se secan, yo busco las plantas, raíces, cortezas e insectos de los cuales saco los tintes. Y para ello se necesita mucho tiempo también, créame usted. Además, para recogerlas hay que esperar a que la luna se encuentre en posición buena, pues en caso contrario no darán el color deseado. También las cochinillas y demás insectos deben reunirse en tiempo oportuno para evitar que en vez de tinte produzcan polvo. Pero, desde luego, jefecito, que yo puedo hacer tantas de estas canastitas como usted quiera. Puedo hacer hasta tres docenas si usted lo desea, nada más deme usted el tiempo necesario.
—¿Tres docenas?... ¿Tres docenas? —exclamó Mr. Winthrop gritando y levantando desesperado sus brazos al cielo—. ¿Tres docenas? —repitió, como si para comprender tuviera que decirlo varias veces, pues por un momento creyó estar soñando.
Había esperado que el indio saltara de contento al enterarse que podría vender doce mil canastas a un solo cliente, sin tener necesidad de ir de puerta en puerta y ser tratado como un perro roñoso. Mr. Winthrop había visto cómo algunos vendedores de automóviles se volvían locos y bailaban como ningún indio lo hace, ni durante una ceremonia religiosa, cuando alguien les compraba en dinero contante y sonante diez carros de una vez.
A pesar de la claridad con que el indio había hablado, él creyó no haber oído bien cuando aquél dijo necesitar dos largos meses para hacer tres docenas.
Buscó la manera de hacer comprender al indio lo que deseaba y el mucho dinero que el pobre hombre podría ganar cuando hubiera entendido la cantidad que deseaba comprarle.
Así, pues, esgrimió nuevamente el argumento del precio para despertar la ambición del indio.
—Usted decir si yo llevar cien canastas, usted dar por sesenta y cinco centavos. ¿Cierto, amigo?
—Es lo cierto, jefecito.
—Bien, si yo querer mil, ¿cuánto costar cada una?
Aquello era más de lo que el indio podía calcular. Se confundió y, por primera vez desde que Mr. Winthrop llegara, interrumpió su trabajo y reflexionó. Varias veces movió la cabeza y miró en rededor como en demanda de ayuda. Finalmente dijo:
—Perdóneme, jefecito, pero eso es demasiado; necesito pensar en ello toda la noche.
Mañana, si puede usted honrarme, vuelva y le daré mi respuesta, patroncito.
Cuando Mr. Winthrop volvió al día siguiente, encontró al indio como de costumbre, sentado en cuclillas bajo el techo de palma del pórtico, trabajando en sus canastas.
—¿Ya calcular usted precio por mil? —le preguntó en cuanto llegó, sin tomarse el trabajo de dar los buenos días.
—Sí, patroncito. Buenos días tenga su merced. Ya tengo listo el precio, y créame que me ha costado mucho trabajo, pues no deseo engañarlo ni hacerle perder el dinero que usted gana honestamente. . .
—Sin rodeos, amigo. ¿Cuánto? ¿Cuál ser el precio? —preguntó Mr. Winthrop nerviosamente.
—El precio, bien calculado y sin equivocaciones de mi parte, es el siguiente: Si tengo que hacer mil canastitas, cada una costará cuatro pesos; si tengo que hacer cinco mil, cada una costará nueve pesos, y si tengo que hacer diez mil, entonces no podrán valer menos de quince pesos cada una. Y repito que no me he equivocado.
Una vez dicho esto volvió a su trabajo, como si temiera perder demasiado tiempo hablando.
Mr. Winthrop pensó que, tal vez debido a sus pocos conocimientos de aquel idioma extraño, comprendía mal.
—¿Usted decir costar quince pesos cada canasta si yo comprar diez mil?
—Eso es, exactamente, y sin lugar a equivocación, lo que he dicho, patroncito —contestó el indio cortés y suavemente.
—Usted no poder hacer eso, yo ser su amigo. . .
—Sí, patroncito, ya lo sé y no dudo de sus palabras.
—Bueno, yo tener paciencia y discutir despacio. Usted decir yo comprar un ciento, costar sesenta y cinco centavos cada una.
—Sí, jefecito, eso es lo que dije. Si compra usted cien se las daré por sesenta y cinco centavitos la pieza, suponiendo que tuviera yo cien, que no tengo.
—Sí, sí, yo saber —Mr. Winthrop sentía volverse loco en cualquier momento—. Bien, yo no comprender por qué no poder venderme doce mil mismo precio. No querer regatear, pero no comprender usted subir precio terrible cuando yo comprar más de cien.
—Bueno, patroncito, ¿qué es lo que usted no comprende? La cosa es bien sencilla. Mil canastitas me cuestan cien veces más trabajo que una docena y doce mil toman tanto tiempo y trabajo que no podría terminarlas ni en un siglo. Cualquier persona sensata y honesta puede verlo claramente. Claro que, si la persona no es ni sensata ni honesta, no podrá comprender las cosas en la misma forma en que nosotros aquí las entendemos. Para mil canastitas se necesita mucho más petate que para cien, así como mayor cantidad de plantas, raíces, cortezas y cochinillas para pintarlas. No es nada más meterse en la maleza y recoger las cosas necesarias. Una raíz con el buen tinte violeta, puede costarme cuatro o cinco días de búsqueda en la selva. Y, posiblemente, usted no tiene idea del tiempo necesario para preparar las fibras. Pero hay algo más importante: Si yo me dedico a hacer todas esas canastas, ¿quién cuidará de la milpa y de" mis cabras?, ¿quién cazará los conejitos para tener carne en domingo? Si no cosecho maíz, no tendré tortillas; si no cuido mis tierritas, no tendré frijoles, y entonces ¿qué comeremos?
—Yo darle mucho dinero por sus canastas, usted poder comprar todo el maíz y frijol y mucho, mucho más.
—Eso es lo que usted cree, patroncito. Pero mire: de la cosecha del maíz que yo siembro puedo estar seguro, pero del que cultivan otros es difícil. Supongamos que todos los otros indios se dedican, como yo, a hacer canastas; entonces ¿quién cuida el maíz y el frijol? Entonces tendremos que morir por falta de alimento.
—¿Usted no tener algunos parientes aquí? —dijo Mr. Winthrop desesperado al ver cómo se iban esfumando uno a uno sus veinte mil dólares.
—Casi todos los habitantes del pueblo son mis parientes. Tengo bastantes.
—¿No poder ellos cuidar su milpa y sus animales y usted hacer canastas para mí?

—Podrían hacerlo, patroncito; pero ¿quién cuidará entonces de las suyas y de sus cabras, si ellos se dedican a cuidar las mías? Y si les pido que me ayuden a hacer canastas para terminar más pronto, el resultado es el mismo. Nadie trabajaría las milpas, y el maíz y el frijol se pondrían por las nubes y no podríamos comprarlos y moriríamos. Todas las cosas que necesitamos para vivir costarían tanto que me sería imposible, vendiendo las canastitas a sesenta y cinco centavos cada una, comprar siquiera un grano de sal por ese precio. Ahora comprenderá usted, jefecito, por qué me es imposible vender las canastas a menos de quince pesos cada una.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Feliz Navidad 2012 con "Olivia recibe la Navidad"

Olivia recibe la Navidad
autor: Ian Falconer, traducción Teresa Mlawer,
México, Fondo de Cultura Económica, 2011

Olivia, divertido  y exitoso personaje creado por Ian Falconer, se prepara, como muchos niños en el mundo, para festejar la Navidad, recibir a Santa y jugar con los juguetes nuevos.

En este álbum ilustrado nos asomamos a la casa de Olivia justo en la víspera de Navidad, a partir del regreso de las compras de última hora de la familia. El autor conoce y transmite en su obra la vida cotidiana de familias de clase media de su país, que tienen mucho en común con las de otras latitudes. Sin duda, uno de los momentos más emocionantes para los pequeños es el adorno del árbol, que en México, por ejemplo, se lleva a cabo en los primeros días de diciembre, pero en el caso de la familia de Olivia se realiza en la víspera de Navidad. Desenredar las series de luces, descubrir cuál es el foquito fundido y cambiarlo no es una tarea  agradable ni fácil para los niños, sin embargo, hay que hacerla, porque el resultado vale la pena.

Para mantener ocupada a la inquieta e impaciente Olivia su mamá le asigna una serie de tareas, como poner la mesa para la cena de Nochebuena, que ella emprende con entusiasmo e iniciativa.

Al finalizar el ajetreado día y después de disfrutar la cena la familia deja galletas y leche a Santa Claus. Olivia, como cualquier niña o niño en Navidad no puede dormir, escucha ruidos y da por hecho que el gordo barrigón acaba de aterrizar el en techo de su casa para dejar los obsequios. Entre la emoción y la imaginación parece que nunca llegará el sueño pero finalmente, como todos los niños, se queda dormida y despertará cuando ya haya amanecido.

Si por algo vale la pena toda la agitación que se vive en estas fechas es por ver la carita de los chicos al descubrir sus regalos y esto queda ilustrado en Olivia recibe la Navidad. Entre la alegría de recibir lo que se deseaba y la decepción de encontrar prendas como suéteres y calcetines, al final gana la felicidad de estrenar juguetes y ropa y  el hecho de que la familia tenga la oportunidad de frenar un poco el agitado ritmo de la vida diaria para gozar del calor, la seguridad del hogar y de los proyectos y sueños individuales y compartidos.

Deseo que en esta víspera de Nochebuena en cada familia priven la paz y la armonía, que todo el trabajo que representa preparar la cena, adornar y limpiar la casa sea compartido y realizado con la ilusión de que estas fiestas son para celebrar la unión familiar y la vida en paz.

¡Feliz Navidad 2012!



jueves, 20 de diciembre de 2012

Canción de Navidad, de Charles Dickens, con ilustraciones de Roberto Innocenti

Canción de Navidad, de Charles Dickens
Ilustraciones de Roberto Innocenti
España, Kalandraka, 2011

Kalandraka Ediciones nos ofrece Canción de Navidad (A Christmas Carol), una de las obras navideñas más conocidas y entrañables de la literatura, ilustrada por Roberto Innocenti, uno de los más grandes ilustradores del mundo.

Surgido de la pluma, siempre crítica, desgarradora y sarcástica, de Charles Dickens, este cuento de Navidad narra la historia del avaro por antonomasia: Ebenezer Scrooge, a quien se le ha dado la oportunidad, en el frío y solitario invierno de su vida, de corregir el rumbo y salvarse del destino terrible que sufren quienes dedicaron su vida a la usura, la avaricia, la explotación y se mostraron insensibles ante las injusticias que sufren los pobres y desvalidos.

La aparición, en la víspera de Navidad, del fantasma de su socio Jacob Marley, quien muriera siete años atrás, tiene el propósito de anunciarle la visita de tres espíritus, los de las Navidades Pasada, Presente y Futura, cuya misión es enfrentar al hombre a vivencias olvidadas durante las navidades infantiles y juveniles; a la difícil realidad cotidiana que enfrenta gente cercana, en la Navidad presente y a una Navidad futura que no vivirá debido a que llegó su vida al final justo en esa época.
-¡Escúchame! -gritó el fantasma-. Mi tiempo llega a su fin.
-Te escucho -dijo Scrooge-. ¡Pero no seas duro conmigo! ¡No te excedas en florituras! ¡Por favor!
-No me preguntes cómo es que puedo aparecer ante ti de forma que me veas. Llevo muchísimo tiempo a tu lado en estado invisible.
Aquella idea no era agradable. Scrooge sintió un escalofrío y se secó el sudor de la frente.
-No es una parte amena de mi penitencia -prosiguió el fantasma-. Estoy aquí esta noche para advertirte de que aún te queda una oportunidad para evitar mi destino. Una oportunidad gracias a mí, Ebenezer.
-Siempre has sido un buen amigo -dijo Scrooge-. ¡Gracias!
-Vendrán a visitarte tres espíritus -continuó el fantasma.
A Scrooge se le abrió la boca casi tanto como la del fantasma anteriormente.
-¿En eso consiste la oportunidad que mencionabas, Jacob? -preguntó con voz trémula.
-Sí.
-Creo... creo que no voy a querer -dijo Scrooge.
-Sin su visita no podrás evitar mi camino -dijo el fantasma-. Cuenta con el primero de ellos para mañana, cuando la campana dé la una.
-Jacob ¿no puedo recibir a los tres juntos? -sugirió Scrooge.
-Cuenta con el segundo para la noche siguiente a la misma hora. El tercero para la siguiente noche, cuando la última campanada de las doce deje de vibrar. No esperes verme nunca más y por tu propio bien, procura recordar lo que acaba de pasar entre nosotros!
Dicho esto, el espectro recogió el pañuelo de la mesa y se lo enrolló alrededor de la cabeza, tal como lo tenía antes. Scrooge se dio cuenta por el ruidito seco que hicieron sus dientes cuando la venda juntó las mandíbulas. Se atrevió a alzar de nuevo la vista y se encontró a su visita sobrenatural frente a él, en una postura erguida y con la cadena enrollada por encima del brazo.

Canción de Navidad nos regala imágenes de diferentes sectores de la sociedad inglesa que celebraban las fiestas con música, bailes, juegos y, por supuesto, comida y bebida, como lo atestiguó en una de las paradas que hizo el Espíritu de la Navidad Pasada durante la celebración organizada por el señor Fezziwig, cuando el joven Scrooge era su aprendiz.
Hubo más bailes, más juegos de prendas, y más bailes, y hubo tarta, y hubo vino caliente endulzado y hubo una enorme pieza de carne asada, y otra enorme pieza de carne cocida, y pasteles de carne, y abundante cerveza.
Qué recuerdos empolvados, qué momentos arrinconados en algún lugar del cerebro y el corazón guardaba Ebenezer Scrooge, quien por la forma en que trata a los demás pareciera que su vida siempre fue un cubo de hiel.

La lealtad y el respeto que sienten los trabajadores honrados por sus patrones resultan inexplicables cuando reciben trato de esclavos. Bob Cratchit, amante esposo y padre de seis, trabaja en duras condiciones y por un mísero salario a las órdenes del viejo Scrooge. A falta de riquezas goza del amor de su familia y, pese a todo, durante el brindis de Navidad levanta su vaso y pronuncia unas palabras a la salud del avaro:
-¡Por el señor Scrooge! -dijo Bob-. ¡Brindo por el señor Scrooge, que patrocina esta fiesta!

-¡Que patrocina esta fiesta? -exclamó la señora Cratchit poniéndose roja-. Ya me gustaría a mí tenerlo aquí. Le iba a decir cuatro cosas y mejor que venga con hambre, a ver si se las traga.
-Cariño -dijo Bob-, los niños.... que es Navidad.
A lo largo del cuento Dickens hace referencia a la mala calaña de los funcionarios públicos, gobernantes, banqueros y representantes de gremios, quienes en mucho se parecen a Scrooge y por tanto su destino, a menos que reflexionen en el daño que hacen a los demás y enmienden sus errores, será vagar eternamente arrastrando pesadas y largas cadenas.

Desgraciadamente la falta de imaginación del puñado de ladrones que ha regido y rige el destino del mundo, el desinterés en la lectura de obras maestras como Canción de Navidad y la incapacidad de reconocer todo el mal que hacen a la sociedad les impide aprender del viejo Scrooge, a quien tanto le aterró la imagen de la muerte del pequeño Tim Cratchit como su muerte en la soledad y el abandono, que prometió celebrar las navidades de corazón y mantener el espíritu de la Navidad durante todo el año.

Canción de Navidad, de Charles Dickens es una lectura placentera, que obliga a reflexionar y valorar lo que hemos vivido, lo que vivimos y esperamos vivir. Las ilustraciones de Roberto Innocenti le aportan a la narrativa del escritor inglés imágenes realistas que dan luz sobre los paisajes urbanos, las costumbres y modas de la época en que fue escrita la historia, es decir, son el complemento artístico perfecto para un clásico.




lunes, 2 de abril de 2012

El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen


En el aniversario del nacimiento de Hans Christian Andersen y Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil comparto uno de mis cuentos favoritos de este maravilloso escritor. ¡Feliz lectura!
Hace muchos años había un emperador tan aficionado a los trajes nuevos que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia.
No se interesaba por sus soldados ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: “Está en el Consejo”, de nuestro hombre se decía: “El emperador está en el vestuario”.
La ciudad en que vivía el emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por tejedores, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.
-¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el emperador-. Si los tuviese, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.
Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron bonitamente, mientras seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.
«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.
«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el emperador-. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».
El viejo y digno ministro se presentó en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-. ¡Pero si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.
Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos el color y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego que no puedo decir que no he visto la tela».
-¿Qué le parece el tejido? -preguntó uno de los tejedores.
-¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al emperador que me ha gustado extraordinariamente.
-Nos da una gran alegría -respondieron los tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al emperador; y así lo hizo.
Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a sus bolsillos, pues ni una hebra se empleó en el telar y ellos continuaron trabajando en las máquinas vacías.
Poco después el emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero como en el telar no había nada, nada pudo ver.
-¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos bribones, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.
«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.
-¡Es digno de admiración! -dijo al emperador.
Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos funcionarios honestos, se encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.
-¿No le parece una tela excepcional? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. Fíjese en estos colores y estos dibujos -y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.
«¡Cómo! -pensó el emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tan tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».
-¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; sin confesar que no veía nada.
Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: -¡oh, qué bonito!-, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela en la procesión que debía celebrarse próximamente. -¡Es preciosa, elegantísima, estupenda!- corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella.
El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bribones para que se las prendieran en el ojal y los nombró tejedores imperiales.
Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: -¡Por fin, el vestido está listo!
Llegó el emperador en compañía de sus caballeros principales, y los dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:
-Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. -Aquí tienen el manto... Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, pues precisamente esto es lo mejor de la tela.
-¡Sí! -asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.
-¿Quiere dignarse Su Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestirle el nuevo delante del espejo?
El emperador se quitó sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el rey todo era dar vueltas ante el espejo.
-¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso!
-El palio bajo el cual irá Su Alteza durante la procesión aguarda ya en la calle - anunció el maestro de ceremonias.
-Muy bien, estoy a punto -dijo el emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? - y se volvió una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.
Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decía:
-¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!
Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del emperador había tenido tanto éxito como aquel.
-¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño.
-¡Dios bendito, escuchen la voz de la inocencia! -dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
-¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
-¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.
Eso inquietó al emperador, pues era claro que el pueblo tenía razón; pero pensó:
«Hay que aguantar hasta el final».
Y siguió más altivo y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la cola inexistente.

* Ilustración de Jordi Vila Delclós, del libro Mis cuentos preferidos de Hans Christian Andersen, Barcelona, Combel Editorial, 2007



miércoles, 25 de enero de 2012

Por favor, escribe un cuento


A finales del año pasado invité a los visitantes de esta Aldea, residentes de la Ciudad de México y sus alrededores, a la obra de teatro Alimento para fantasmas, una compleja y magnífica obra escrita y dirigida por Sergio Morel.

De este joven y talentoso dramaturgo, a quien conozco gracias a mi amiga, la actriz y escritora Mónica Pavón, leeremos y escucharemos cosas muy buenas acerca de su labor cultural, principalmente en los campos de las artes escénicas y la literatura, porque es un artista muy completo.

Por lo pronto le agradezco a Sergio me permita compartir con ustedes este texto. Si desean seguir en Twitter los pasos de Sergio, den clic en el enlace.
Por Sergio Morel*

Escribir cuentos es más fácil de lo que algunos pensarían. Es un arte tan antiguo y tan efectivo que incluso los niños lo usan. Se trata de decir algo; una historia que necesita ser dicha. La manera en que es abordada depende del estilo, de la técnica y de la sensibilidad del creador, pero eso nada tiene que ver con lo elemental de escribir un cuento.

¿Qué me cuentas?”, “cuéntame algo”; lo escuchamos a diario y, a veces, nos ponemos tan creativos en nuestros relatos que pareciera que narramos historias de superhéroes en donde los protagonistas, por supuesto, somos nosotros.

El cuento es el camino directo entre la mente creativa o ilusoria y el papel. Es un punto de convergencia en donde la realidad y la ficción hacen de las suyas jugando entre ellas. La narrativa en el cuento puede ser tan apegada a la realidad o tan distante como se lo permita el escritor, y tan compleja o sencilla como la historia le demande.

El punto es saber qué es lo que se quiere decir y apegarse a ello firmemente porque, en ocasiones, la mente viaja más allá y tiende a desviarse. Si ya estás hablando de algo distinto de lo que querías contar, ¡detente, enfócate y continúa!, y si te gusta mucho el demás material, aquello otro que querías contar también; bueno, pues escribe otro cuento con eso.

No por ser corto, un cuento es malo. He leído cuentos por demás extensos que rayan en lo novelesco que terminan siendo adornos retóricos del escritor más que un discurso narrativo nutrido. Casi siempre, menos es más. ¡Quítale paja!, ¡ve al grano! Y, bueno, ya si te quieres poner creativo, deja que las palabras fluyan, pero profundiza en la historia, en los hechos, en los personajes, en los diálogos, pero no te luzcas con los adjetivos o las figuras retóricas. Avanza.

Y otra cosa, “no hay nada nuevo bajo el sol”. Por más creativo que sea tu cuento, siempre tendrá alguna influencia de algo que hayas visto, o escuchado, o leído y la gente lo reconocerá. Las comparaciones llegarán y te colocarán como sombra de un árbol grande. Si entiendes esto y dejas la soberbia a un lado, aceptarás los comentarios y, con el tiempo, podrás aspirar a decir algo nuevo. De momento, lo importante es el cómo lo dices y ahí es en donde te puedes poner creativo (o, por lo menos, intentarlo).

Juega con los tiempos, con los diálogos, con los personajes; hazlo en primera persona, en tercera. Inventa palabras, nombres o ciudades. Altera la puntuación, exagérala, omítela. Empieza por el final, empieza por el principio; explica el final, omite el final. Haz un chiste, una vuelta de tuerca. Sorpréndete. Ríe. Llora. Di incoherencias o estupideces. Sé pulcro, preciso, exquisito. Habla o grita mientras escribes, pero, por favor, ¡escribe un cuento! 

*Sergio Morel: @moreldirector
 

domingo, 27 de marzo de 2011

"La tía", cuento de Stanislaw Jaroszek

 Jaleos y Denuncias
Stanislaw Jaroszek, Chicago, Ediciones Vocesueltas, 2010
ISBN: 978-09800042-4-3

La tía

La mujer ya jubilada mostraba su casa al sobrino recién llegado de Polonia.
–Aquí está la piscina.
Las palmeras se mecían con el viento invernal. Del otro lado del patio, el eco traía las voces de los jugadores. Después de cada golpe con el palo de golf, llegaba un sonido agudo pero fuerte. Al fin, los tres hombres se subieron a su vehículo y desaparecieron en la vastedad del campo.
–Bonito lugar, tía.
–¿De veras que te gusta?
–Sí, es un paraíso.
–Así es nuestra Florida, siempre bonita, siempre florecida.
El joven miraba alrededor cuidadosamente, calculando cuánto podría costar aquella casa. "Unos cien mil dólares", pensó.
–¿Y a usted le gusta vivir sola?
La mujer se sonrió, mostrando sus dientes artificiales.
Con el tiempo uno se acostumbra a todo.
–Sí, uno se acostumbra.
Después de un momento de silencio la mujer se acercó al joven para decirle:
–Un día todo esto será tuyo. Ya hice el testamento.
–Tía, para qué hablar de estas cosas...
–Para que sepas. Ya estoy vieja, demasiado vieja...
Cuántos años más podría vivir una mujer de su edad, con su salud delicada y golpeada por varios matrimonios fracasados? "De cinco a diez, no más".
Ya de regreso en Chicago, el joven pensaba constantemente en su vieja tía. "¿Cómo se sentirá hoy? Tal vez se cayó y se rompió la cabeza, o tuvo un mareo cuando limpiaba los bordes de la piscina y se ahogó".
Meses después, llegó la llamada nocturna del hospital, el joven se dispuso a escuchar la voz del médico con interés. La palabra "pulmonía" prometía mucho.
–Respira con dificultad, la pusimos bajo calmantes para controlar la presión.
–¿Va a salir de eso?
–Su estado es grave.
Pobre tía, se morirá en suelo extranjero, lejos de las praderas polacas donde nació. Sola, solita en la tierra de los huracanes. Años antes, ya había escogido su tumba en un cementerio de Cape Coral.
"No me queda otra, hay que ir a despedirse de la tía", pensó el joven.

Ya en el hospital, la encontró sentada sobre la cama, comiendo una manzana cortada en pedazos.
–¡Hijo! ¿Y por qué viniste?
–¿Ya se siente bien?
–Me siento bien, como puede sentirse bien una vieja como yo. No me hago ilusiones, ya se le acaba la cuerda a mi reloj.
–No diga eso, tía. No debe dejarse caer por una enfermedad cualquiera.
–¿Quién sabe estas cosas?

Años después –alrededor de una cama de hospital– estaba reunida toda la familia. La esposa, delgadita y pequeña, una adolescente de pelo rubio y dos hijos gemelos en edad de enseñanza primaria.
El paciente gordo respiraba con dificultad y cada minuto le costaba más encontrar aire.
–¡Papi!, llamó la tía. Dice que te quiere mucho.
Con la mirada ubicada en el techo blanco del salón, el hombre parecía estar en completo estado de estupor. Se oyó un murmullo ininteligible, el cual nadie más que él pudo descifrar:
–Esa puta no se morirá nun...

Stanislaw Jaroszek nació en la pequeña ciudad de Nowy Korczyn, en Polonia. Después de la muerte de su madre, su familia se mudó a la ciudad de Busko Zdroj, donde continuó sus estudios primarios y secundarios. Cuando tenía diez años su padre emigró a Estados Unidos, dejando al hijo menor con la abuela Ewa, de ochenta años. En la primaria Stanislaw fue un estudiante mediocre, hasta que su hermano mayor, Bogdan, lo introdujo al mundo de los libros durante unas vacaciones de verano. En la secundaria leyó mucho y empezó a escribir poesía. Después cultivó el humor y publicó sus sátiras en la revista Echo dnia. En 1985 salió del país para reunirse con su padre en Chicago, quien murió en 1988.
Al tiempo que realizaba sus estudios en la Universidad de Illinois, en Chicago, Stanislaw trabajó como obrero, conserje, supervisor, gerente, representante de sindicato, conductor de limosinas y guardia de un hospital mental... Desde que obtuvo su título universitario, trabaja como maestro de español en las escuelas públicas. Recientemente terminó su maestría en Literatura Latinoamericana en Rossevelt University. Desde 2006 participa en el taller literario de la revista Contratiempo.  
El cuento se publica con autorización del autor. La información biográfica fue tomada de la solapa del libro.



domingo, 29 de agosto de 2010

Ratón Pérez y Buscando a Ratón Pérez (Gracias, Lucía y Noa)

 Ratón Pérez
Cuento infantil
Por el P. Luis Coloma, S.J.,
de la Real Academia Española, España
Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil
Sexta reimpresión, 2009

Mudar dientes, además de todo lo que significa en cuanto a crecimiento y desarrollo de los niños, tiene importante carga simbólica y mágica. El diente de leche se convierte en objeto de trueque a realizarse de una manera mágica, con quien sí sabe valorar lo valioso. La noche en que el niño deja bajo la almohada o sobre el buró su blanco tesoro se parece un poco a la de Reyes, por la emoción de recibir un obsequio, porque el pequeño debe irse a la cama temprano y porque tiene prohibido espiar, ante la amenaza de que si lo hace los obsequios desaparecena. Para esta noche en particular, se recomienda a los niños hacer suficiente alharaca en el momento de dejar su dientecito, para que los papás no olviden encerrar al gato, no sea que un goloso minino se engulla al famoso y generoso ratón y se acaba una legendaria tradición.

El cuento infantil Ratón Pérez, de Luis Coloma, de acuerdo con la introducción del libro Buscando a Ratón Pérez, "fue escrito por el autor para el rey niño Alfonso XIII, cuando se le cayó uno de sus dientes de leche. Fue publicado por Razón y Fe, en 1911, con ilustraciones en blanco y negro de Mariano Pedrero". La dedicatoria dice:
A SU ALTEZA REAL EL SERENÍSIMO SEÑOR PRÍNCIPE DE ASTURIAS, DON ALFONSO DE BORBÓN Y BATTENBERG.
Señor:
Hace cerca de veinte años que escribí estas páginas para S. M. el Rey D. Alfonso XIII, vuestro augusto padre. Permitidme Señor, que al reimprimirlas hoy, las dedique á V. A., deseoso de que arraigue en vuestra alma, tan honda y fructuosamente como arraigó en vuestro padre, la sencilla y sublime idea de la verdadera fraternidad humana.
Que Dios bendia á V. A. como de todo corazón lo pide diariamente, su affmo. en Cristo, Luis Coloma, S.J.
La historia cuenta que el rey Buby I, quien comenzó a reinar a los seis años bajo la tutela de su madre, fue gran amigo de los niños pobres y protector decidido de los ratones. 

Cuando por primera vez al rey se le meneó un diente fue todo un acontecimiento, que propició opiniones aquí y allá sobre cómo extraer el diente sin dolor ni riesgo alguno. Entre las propuestas más aceptables estaba la de cloforofmizarle, pero no fueron escuchadas por el valiente rey, quien decidió someterse a la sencilla operación de atar una hebra, que en el caso de la real criatura fue de seda encarnada, para que el médico más anciano tirara del diente con acierto y buen pulso. El diente en cuestión "tan blanco, tan limpio y tan precioso como una perlita sin engaste" provocó otro debate entre los ministros de la corte sobre el destino que tendría. Unos querían engarzar la pieza dental en oro y guardarla en el tesoro de la Corona, mientras otros proponían ponerla en el centro de una rica joya y regalarla a la virgen, patrona del reino. Sin embargo, la madre del rey, mujer "prudente y amiga de la tradición", decidió que el rey Buby escribiera a Ratón Pérez una carta muy atenta  y la dejase esa noche junto al real diente,
como ha sido y es uso común y constante de todos los niños, desde que el mundo es mundo, sin que haya memoria de que nunca dejase Ratón Pérez de venir á recoger el diente y á dejar en cambio un espléndido regalo. Así lo hizo ya el justo Abel en su tiempo, y hasta el grandísimo pícaro de Caín puso su primer diente, amarillo y apestoso como uno de ajo, escondido entre la piel de perro negro que le servía de cabecera.
El rey Buby escribió la carta, se fue a acostar temprano pero estaba decidido a conocer a tan célebre personaje, para lo cual mientras esperaba al visitante preparaba un discurso para darle la bienvenida. Esperó pacientemente, aunque en ocasiones el sueño lo vencía. Estaba en ésas cuando sintió que algo suave le rozaba la frente.
Incorporóse de un brinco, sobresaltado, y vió delante de sí, de pie sobre la almohada, un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja, terciada á la espalda.
Del susto hasta el discurso se le olvidó, pero pasados unos instantes y ante los buenos modales de Ratón Pérez, entre ambos surgió una hermosa amistad, reforzada por las aventuras vividas esa noche por un rey, convertido en " el ratón más lindo y primoroso que imaginaciones de hadas pudieran soñar" y Ratón Pérez, quien tenía que seguir cumpliendo su misión de intercambio de dientes de leche, en esa ocasión, el de un pequeño que vivía en un barrio de lo más pobre, pero antes Ratón Pérez debía ir a su casa, ubicada en la calle del Arenal, núm. 8, en los sótanos de Carlos Prats (que en nota al pie de página se señala que era famosa tienda de ultramarinos, existente en Madrid, en el lugar citado).

Esa mágica noche el rey Buby I descubrió que todos los niños eran sus hermanos, pese a la pobreza en que vivía la gente, en medio de la cual, sin embargo, había tiempo y devoción para decir las mismas oraciones que él en sus lujosos aposentos, puesto que el pequeño Gilito, a quien Ratón Pérez tenía destinada una monedita de oro, rezaba con su madre por la mañana la misma oración que él: "Padre nuestro que estás en los cielos..."

Enseñanzas morales y religiosas, fantasía y un magnífico uso del lenguaje hacen de este cuento un clásico de la literatura infantil.

Buscando a Ratón Pérez
Francisco Climent, Ma. José Gómez Navarro,
Alicia Muñoz y Manuel Revuelta
Asociación Española de Amigos del Libro Infantil y Juvenil
Sexta reimpresión, 2009

El cuento original que Luis Coloma escribió para el niño rey Alfonso XIII y para todos, se complementa con el libro Buscando a Ratón Pérez, que contiene un interesante estudio del autor y su obra. Resulta muy interesante, como lo señalan las autoras del texto dedicado al cuento, que en Japón, por ejemplo Ratón Pérez ha sido reeditado desde 1953 y que en 1999 ya había alcanzado la trigésimo séptima edición y goza de gran fama entre los niños. Esta joya de la literatura española  Además contiene información sobre don Cárlos Prats y su bien surtida tienda, en donde el autor ubica el domicilio del famoso ratón.
Luis Coloma nació el 9 de enero de 1851, en el seno de una familia numerosa de alta clase media muy relacionada con los círculos aristocráticos. Estudió bachillerato en su ciudad natal. A los 17 años marchó a Sevilla a cursar Leyes. Se licenció en Derecho y trabajó como pasante en un bufete.
En octubre de 1874 Luis Coloma hizo Ejercicios Espirituales a solas bajo la dirección del P. José Cabello. Allí se confirmó su decisión de hacerse jesuíta.
Coloma vivió 40 años en la Compañía de Jesús. En su vida de jesuíta se pueden distinguir dos fases. Los diez primeros años fueron de vida oculta, dedicada a la formación espiritual e intelectual. Los treinta siguientes los dedica a la misión sacerdotal y literaria.
Una de las fechas más gloriosas fue el 6 de diciembre de 1908, cuando fue recibido en la Real Academia Española.
Murió el 10 de junio de 1915.
* *
El viernes pasado, un día después de que la Revista Babar anunciara el cierre del grupo de correo de Yahoo (como lo publiqué en la entrada anterior), recibí por correo postal un paquete, proveniente de La Coruña, España, que contenía tres libros (Ratón Pérez, Buscando a Ratón Pérez y Camino de Santiago. Vía de la Plata, éste escrito por Francisco J. Relloso, publicado por Ediciones Mensajero). Acompañaban a estos libros varios separadores y una tarjeta postal, todo esto enviado por dos amigas babarianas: Lucía Borreguero V. y su hija Noa, a quienes agradezco de corazón su hermosa y enriquecedora amistad y, por supuesto, estos valiosos obsequios.

Queridas Lucía y Noa: muchísimas gracias por estos libros, que como lo apuntan en la tarjeta, eligieron con mucho cariño para que los disfrute. Sin duda que gocé tanto la lectura de los dos aquí reseñados que no resistí la tentación de compartirlos. Estoy segura de que haré lo propio con el del Camino de Santiago. Seguiremos en comunicación. Gracias por su amistad. Reciban un cariñoso abrazo.