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lunes, 2 de julio de 2012

Mi casa, mi gente, mi tierra, Octavio Paz





Todo comienza en un jardín, lo recuerdo, me recuerdo. Un jardín con niño, a tientas, me adentro. Pasillos, puertas que dan a un cuarto de hotel, a una interjección, a un páramo urbano. Y entre el bostezo y el abandono, tú, intacto, verdor sitiado por tanta muerte, jardín revisto esta noche. Sueños insensatos y lúcidos, geometría y delirio entre altas bardas de adobe. La glorieta de los pinos, ocho testigos de mi infancia, siempre de pie, sin cambiar nunca de postura, de traje, de silencio. El montón de pedruscos de aquel pabellón que no dejó terminar la guerra civil, lugar amado por la melancolía y las lagartijas. Los yerbales, con sus secretos, su molicie de verde caliente, sus bichos agazapados y terribles. La higuera y sus consejas. Los adversarios: el floripondio y sus lámparas blancas frente al granado, candelabro de joyas rojas ardiendo en pleno día. El membrillo y sus varas flexibles con las que arrancaba ayes al aire matinal. La lujosa mancha de vino de la buganvilia sobre el muro inmaculado, blanquísimo. El sitio sagrado, el lugar infame, el rincón del monólogo: la orfandad de una tarde, los himnos de una mañana, los silencios, aquel día de gloria entrevista, compartida.

Arriba, en la espesura de las ramas, entre los claros del cielo y las encrucijadas de los verdes, la tarde se bate con espadas transparentes. Piso la tierra recién llovida, los olores ásperos, las yerbas vivas. El silencio se yergue y me interroga. Pero yo avanzo y me planto en el centro de mi memoria. Aspiro largamente el aire cargado de porvenir. Vienen oleadas de futuro, rumor de conquistas, descubrimientos y esos vacíos súbitos con que prepara lo desconocido sus irrupciones. Silbo entre dientes y mi silbido, en la limpidez admirable de la hora, es un látigo alegre que despierta alas y echa a volar profecías. Y yo las veo partir hacia allá, al otro lado, a donde un hombre encorvado escribe trabajosamente, en camisa, entre pausas furiosas, estos cuantos adioses al borde del precipicio.

jueves, 19 de abril de 2012

Octavio Paz, a 14 años de su muerte

 El Fondo de Cultura Económica recuerda al poeta y escritor Octavio Paz en su 14º aniversario luctuoso



Octavio Paz
El Fondo de Cultura Económica recuerda al poeta y escritor Octavio Paz en su 14º aniversario luctuoso como uno de los autores más emblemáticos y entrañables de esta casa editorial en donde publicó numerosos títulos en primera edición y desde 1994 sus Obras completas.
Octavio Paz murió la noche del 19 de abril de 1998, a escasos dos años de clausurarse un siglo que él mismo había ayudado a forjar desde varios frentes: su poética, ensayística, crítica, traducciones y pasión editorial; los trayectos vitales del pensamiento hispano, la filosofía mexicana y la política de su época. Todos, aspectos que no pueden ser entendidos al margen de la obra de Paz ni ésta, a su vez, sin repasar su prolongada e íntima relación con el Fondo de Cultura Económica. Nacido el 31 de marzo de 1914 en la Ciudad de México, su infancia transcurrió entre la amistad con su abuelo Ireneo Paz, destacado editor e historiador, y el aprendizaje político de su padre Octavio Paz Solórzano —abogado, escritor y lugarteniente de Emiliano Zapata—, de quien recientemente se publicó, con prólogo de su hijo, el volumen Emiliano Zapata, el cual hace el recuento de su experiencia con el revolucionario.

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Sobre Piedra de Sol, recomiendo leer el texto de José Emilio Pacheco, publicado en Proceso.