viernes, 13 de agosto de 2010

Desde un centro de atención telefónica. Cuento


Una mañana cualquiera
 
© María Eugenia Mendoza Arrubarrena
Sábado, 9:00 A.M.

Segismundo Rivadeneira duerme plácidamente después de una semana de noventa horas de trabajo intenso y muy estresante. Sí, aunque parezca extraño y anticonstitucional, el ingeniero Segismundo Rivadeneira trabaja (al igual que todo su equipo de trabajo) de siete de la mañana a once de la noche, de lunes a viernes. No cobra tiempo extra y estas dieciséis horas no incluyen el tiempo del trayecto (hora y media, en promedio). Regularmente no sale a comer, por lo que a la hora de la comida suele engullir una torta, una ensalada o unas rebanadas de pizza frente a la computadora o con los compañeros, mientras resuelven asuntos del proyecto.

Ese sábado está decidido a no hacer otra cosa sino dormir, pues durante los últimos dos meses también ha tenido que trabajar los fines de semana, prácticamente con el mismo horario. Con eso de que hay que cuidar el empleo, pues hay miles de candidatos a contratarse por la tercera parte de lo que él gana, no está en condiciones de decir no a sus jefes cuando le piden que les "eche una mano" para terminar un gran proyecto a tiempo.

Después de discutir con su esposa e hijos, a eso de las seis de la mañana, pues deseaban que los acompañara  a la competencia de natación del más pequeño, por fin, a las siete logró retomar el sueño interrumpido. Segismundo odia perderse esos eventos familiares, pero ese día sus fuerzas no daban para más. Como si el cansancio no fuese suficiente, las preocupaciones propias del trabajo le provocan insomnio. La noche anterior, aunque se había acostado a la una, apenas a las cuatro había podido conciliar el sueño.

Pero ¿quién se acuerda de eso cuando más profundamente duerme, cuando sueña algo agradable, que seguramente no recordará al despertar, pero en la profundidad del sueño reconoce como agradable? Envuelto en el calor de las cobijas, la semioscuridad de su cuarto y el suave murmullo de los pajaritos que revolotean en el árbol que está justo frente a su ventana, era el más feliz de los mortales cuando algo, que tarda en reconocer, lo despierta.


9:05 A.M.


El teléfono repiquetea insistente.
Tardó tres o cuatro timbrazos en reaccionar. Finalmente, extendió el brazo para alcanzar el auricular.
-Bueno -contestó con voz pastosa.
-Buenos días, ¿es usted... el señor Rivereda...? -pregunta un hombre, que por su voz se escucha joven.
-Aquí no vive -responde cortante y cuelga. No le gusta parecer grosero pero en ese momento no está en condiciones de ser amable.
Segismundo se reacomoda y tiene la ilusión de recuperar el sueño agradable, que no recuerda bien de qué se trataba pero desea continuar soñando.


9:10 A.M.


Nuevamente el teléfono interrumpe el sueño recuperado, no el que estaba soñando, sino la acción de dormir.
-Diga...
-Buenos días, ¿cómo está? -una mujer jovial sigue saludándolo-. ¿Se encuentra en casa el señor... a ver, déjeme ver... ah, sí, el señor Se - gis - mun - do   Ri-  va - de - nei - ra? ¡Es primera vez que veo ese nombre, ¿lo pronuncié bien?

-No.
-¿No está don Segismundo o no lo pronuncié bien?
-...
-¿Me escucha?
-...
-Sabe a qué hora lo puedo localizar, o me puede proporcionar otro teléfono para ponerme en contacto con él?
-No.
-¿Con quién tengo el gusto?
-Soy el mozo, soy el mozo y no puedo seguir hablando, tengo mucho trabajo.
Segismundo cuelga el teléfono, ha mantenido los ojos cerrados. Se hace ilusiones de que si no habla mucho podrá seguir durmiendo, pese a la molesta interrupción.


9:17 A.M.

La pesadilla del teléfono una vez más.
Segismundo desea ignorarlo, pero ¿qué tal si alguien del trabajo o de la familia lo necesita?  Si lo buscaron en el celular no lo escuchó porque lo dejó en el portafolio. Sería muy mala pata que fuera otra llamada de un call center., odia esas llamadas, odia el telemercadeo, odia que invadan su intimidad para ofrecerle seguros de todo tipo, tarjetas de crédito, servicio de fumigación o lavado de alfombras...


-¿Sí?

-Con el señor Seguismundo Rivanereida, por favor, le hablo porque su membresía está a punto de expirar y tenemos una promoción especial para quienes la renueven hoy -el joven habla rapidísimo- si la renueva en este momento, además de que obtendrá un cupón de descuento para sus consumos en nuestros restaurantes, le ofrecemos un mes adicional...

En ese momento Segismundo se sienta. Ya abrió los ojos, su voz ya es clara. Está totalmente despierto. Por su cabeza pasan varias ideas para quitarse de encima al molesto vendedor: desde colgar nuevamente el teléfono y dejarlo así para evitar más interrupciones, hasta aplicar la "estrategia Seinfeld", es decir, pedirle al joven  su nombre, el número de su teléfono y domicilio particulares, con la promesa de que renovaría la membresía en cuanto le devuelva la llamada en la madrugada, pasando por mandarlo al diablo de una manera grosera...

-¿Por qué ni siquiera leen bien el nombre de la gente con la que quieren hablar? -estalló, finalmente, porque además de todo le molesta que no digan bien su nombre-, ¿por qué me molestan para algo como la renovación de una membresía?, si yo la quiero renovar ya iré a la tienda y lo haré, ¿por qué no piensan que a esta hora la gente puede estar dormida?, ¿de dónde diablos me habla?, ¿está usted en Tijuana, en India o Bora Bora?
-Señor Rivadeneira, yo estoy trabajando, trabajo en un centro de atención telefónica y esto es lo que hago para ganarme la vida. La computadora registra su teléfono y nombre como un candidato a renovar la membresía y mientras no la renueve va a seguir recibiendo llamadas para invitarlo muy cortésmente...
-A ver, ¿qué me ofrece si la renuevo ahora mismo?



6 comentarios:

sergio astorga dijo...

María Eugenia, captas, demuestras.
La vorágine, bajarse del camión imposible, tomar otro, no hay.
Fiel retrato del día a día de la nueva explotación: hombre come hombre.

Un abrazo de otra central on line.
Sergio Astorga

Miguel Ángel Bruno dijo...

¿Es usted María Eugenia Mendoza?
-Sí, ¿quién habla?- dijo después de reponerse del susto.
Usted ha sido beneficiada por un descuento especial de nuestra empresa...
-Tiene usted conciencia que acá en México son las tres de la mañana-
Justamente nuestros tapones para las orejas le permitirán dormir sin sobresaltos ni aun nosotros podremos despertarla.

Así es la vida con call center María Eugenia, espero no haberla despabilado ;-)

María Eugenia Mendoza dijo...

Querido Sergio:
Hay veces en que de veras me molesta recibir tres o cuatro llamadas diarias, pero he llegado a la conclusión de que ellos hacen su trabajo (a veces bien), quienes no tienen perdón son quienes venden bases de datos, los mercadólogos y, bien lo dices, los explotadores.
Va un abrazo sin condición.

María Eugenia Mendoza dijo...

Hola Miguen Ángel:
¿En dónde venden esos tapones a prueba de los inoportunos telefonazos de call center?
Juro que en ocasiones me encantaría usarlos.
Gracias por jugar con estos cuentos de la vida cotidiana, que de cuento no tienen mucho.
Va un abrazo.

siempreconhistorias dijo...

¡Qué rabia da! En Canarias con el tema de la hora menos frente al resto del Estado, y con la cuestión de los ordenadores que seleccionan tu nombre, es cada vez más frecuente que te despierten un sábado a las siete de la mañana para comunicarte cualquier disparate desde empresas a las que ni conoces ni quieres conocer. Y sin embargo, qué difícil responder mal.
¡¡Genial!! querida María Eugenia.
Gracias por todo,

María Eugenia Mendoza dijo...

Querida Izaskun:
Me da mucho gusto que te des el tiempo para pasar por esta Aldea.
Estas intromisiones cotidianas son parte de este mundo globalizado en donde todos somos vistos como consumidores potenciales, pero, finalmente quienes dan voz a las corporaciones no son los enemigos, aunque qué horror que en tu isla comiencen tan temprano.
Te mando un muy cariñoso abrazo.